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Tema: "El mundo de Maud y Agrippa, Libro Primero: Emergiendo del olvido".

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    "El mundo de Maud y Agrippa, Libro Primero: Emergiendo del olvido".

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    ______________________________


    El mundo de Maud y Agrippa

    LIBRO PRIMERO: Emergiendo del olvido


    Capítulo I: El zumbido


    Maud se despertó en mitad de la noche. Ahí estaba otra vez. El zumbido. Aquel persistente e inexplicable zumbido. Pero hoy más fuerte que otras veces.
    Ni se le ocurrió despertar a su padre. Ya lo había hecho una de las primeras veces y el resultado había sido desalentador. Dean no podía oírlo. Decía que eran imaginaciones suyas.
    Pero no lo eran. Maud no se lo imaginaba. De acuerdo, era extraño que los adultos no pudieran oírlo. Pero era real. Quizá estuviera siendo emitido en frecuencias de intensidad infantil. O algo así.
    De todas formas Maud tenía trece años y cumplía los catorce en dos días. Ya no era tan niña. Quizá fuera un sonido de intensidad adolescente.
    Abrió el primer cajón de su escritorio y sacó la linterna. Si se daba prisa quizá consiguiera localizar el origen del zumbido antes de que se desvaneciera en la noche.
    Bajó las escaleras con sigilo. Los escalones crujieron bajo sus pies. Aquel sonido, afortunadamente, no bastó para despertar a su padre, que dormía en la única habitación del piso de abajo.
    Maud aguzó el oído. El zumbido persistía.
    Al pasar junto a la puerta de la cocina vio su propio reflejo en el cristal. Con el pelo rubio enmarañado, el camisón blanco, los brazos huesudos y la piel pálida Maud parecía un fantasma. Era, además, demasiado alta para su edad, mas no le desagradaba su aspecto.
    Salió al jardín y cerró la puerta a su espalda. Examinó los árboles, seis a cada lado dibujando el camino hacia la calle, mágicamente iluminados por la luz de la luna llena. Al principio había barajado la posibilidad de que aquel molesto zumbido que no la dejaba dormir fuese producto del ajetreo de algún tipo de insecto nocturno. Cuando se aproximaba a los árboles el zumbido se detenía y ya no volvía a escucharse hasta la noche siguiente, lo que en principio parecía apoyar esa teoría.
    Pero una noche el zumbido no se había desvanecido, desbaratando la teoría, y Maud había pasado de largo los árboles y aún persistía, y parecía venir de más allá, de la casa de enfrente. De la casa del loco.
    Maud lo había dejado correr entonces. No le había gustado la idea de aventurarse hasta allí de madrugada. Pero aquel misterio estaba empezando a resultar molesto, y esta noche Maud estaba resuelta a ir hasta donde hiciera falta para resolverlo. Incluso a la casa del loco.
    Al llegar al extremo sur del jardín, y aunque su prioridad era descubrir qué diantre producía aquel sonido, no pudo evitar agacharse para arrancar una zanorria del pequeño huerto. Le dio un mordisco nada más arrancarla, aunque estuviese llena de tierra.
    Cruzó la calle mientras masticaba. Allí el zumbido empezaba a notarse también en los huesos.
    La casa de enfrente y la suya eran gemelas. En toda la calle las casas se correspondían a pares, con los jardines enfrentados. El jardín de la casa del loco era una copia exacta del de su casa.
    El zumbido tampoco provenía de allí.

    - Hola, Maud -saludó la voz de un muchacho desde la oscuridad.

    Maud nunca había visto a sus vecinos. Tenía prohibido acercarse a aquella casa.
    El chico emergió de la oscuridad. También mascaba una zanorria recién arrancada. Era bastante más bajo que ella, pero quizá tuviera un año más. Su pelo oscuro y lacio le caía sobre los ojos y le tapaba las orejas. El tono moreno de su piel lo hacía contrastar con ella, pálida como la luna.

    - ¿Quién eres? -le preguntó Maud, sorprendida de que el loco tuviera parientes.
    - Soy Agrippa, pero tú ya me conoces.
    - ¿Te conozco? Creo que no te conozco.
    - Me conoces aunque no te acuerdes.
    - ¿De qué te conozco?
    - Hay una cueva al norte, antes de la bruma. La pintamos juntos con bisontes.

    Maud lo miró con creciente interés. Le gustaban las pinturas rupestres. Decorar una cueva con bisontes era una de las cosas que se le ocurrirían a ella.

    - ¿Vives con el loco? -preguntó Maud, a bocajarro. - ¿Es tu abuelo?
    - Vivo solo -contestó Agrippa.
    - Un chico de tu edad no puede vivir solo.
    - ¿Qué sabes del loco?
    - Que es peligroso.
    - ¿De obra o de pensamiento?
    - No estoy segura. Un poco de todo.
    - ¿Te han prohibido acercarte a él?
    - Terminantemente.
    - ¿Y qué más te dijeron?
    - Que no lo escuchase, que es capaz de hipnotizarte con las palabras.
    - ¿Y qué más?
    - Que dice tener más de trescientos años. Y se lo cree.

    Agrippa sonrió, complacido.

    - Eso no te lo dijo tu padre.
    - ¿Cómo lo sabes?
    - Eso te lo diría Iris, o cualquier otra de tus amigas.
    - ¿Conoces a Iris?
    - Yo a ella sí. ¿Qué haces de noche en la casa del loco, Maud?
    - Ese maldito zumbido. Me despierta todas las noches.
    - Entonces ya somos dos.
    - ¿Sabes de dónde proviene?
    - De la tierra. Del suelo.

    Agrippa se echó a tierra, se apartó el pelo y puso la oreja derecha contra el pavimento. Maud lo imitó.

    - ¿Qué hay allá abajo que pueda producir un ruido así? -preguntó ella.
    - Supongo que alguna máquina averiada.
    - ¿Máquina?
    - Quizá la encargada de acelerar el crecimiento de las zanorrias.
    - ¿Hay máquinas para eso? -preguntó Maud, perpleja.
    - Hay máquinas para todo.

    El zumbido paró en ese instante, como si hubiese seguido la conversación y se hubiera sentido aludido.

    - Será mejor que vuelva a la cama -dijo Maud. - Mañana me levanto temprano. Tengo que ir a la escuela. ¿Tú no vas a la escuela?
    - La escuela no es el lugar agradable que crees, Maud. Es un sitio concebido para mantenerte controlada. Es allí donde te reescriben cada vez. Y no necesitan palabras para hipnotizarte. También hay máquinas para eso.
    - Das un poco de miedo. Debo irme. Adiós, Agrippa. Saluda a tu abuelo de mi parte.
    - Ya te he dicho que vivo solo.

    Maud le dio la espalda y se dirigió a casa. Cuando entraba en su propio jardín escuchó la voz del muchacho, a modo de despedida.

    - Maud, el loco soy yo. Buenas noches, vieja amiga.



    Capítulo II: Gatos grandes


    Iris la zarandeaba con insistencia.

    - ¡Despierta! ¡Levanta! ¡Arriba! ¡Saaaaaalta de la cama!

    Dean apareció en el umbral de la puerta, con el delantal de cocina puesto y una gran sonrisa.

    - ¿Qué? ¿Hay suerte?
    - Hoy está especialmente dormosa. Yace como losa de un pulcro sepulcro -contestó Iris, quien después recibió un almohadazo en la boca que la tiró al suelo de espaldas.

    Tardó algo en levantarse, muerta de risa. Maud estaba de pie sobre la cama dispuesta a darle otra vez.

    - ¿Tú también quieres? -dijo Maud luego a su padre, manteniendo la actitud amenazadora. - Tengo para todos.
    - Vístete, cielo. Hoy es un día importante -contestó Dean, y se retiró.

    Maud se lanzó tras él. Asomó la cabeza por la puerta y lo vio bajando la escalera.

    - ¿Un día importante? ¿Por qué?

    Su padre se giró.

    - Bueno... mañana cumplís años. Y tengo entendido que en la escuela os pondrán vídeos interesantes. Más de lo habitual. -Y siguió bajando.

    Maud volvió a la cama. Iris se había sentado en ella y la miraba risueña.

    - Mañana cumplimos un año más -dijo, ilusionada.
    - Yo uno más que tú -le recordó Maud.
    - ¿Crees que vendrá a verte?
    - ¿Quién?
    - Ya sabes quién. Tu madre.
    - Puede. Si no viene por mi cumpleaños no sé cuándo piensa venir.

    Diez minutos después estaban las dos sentadas a la mesa de la cocina, delante de dos humeantes platos de zanorrias fritas.

    - Papá, ¿me prepararás un pastel de cumpleaños? -preguntó Maud.
    - ¿Un pastel de zanorrias?
    - No, por Dios. Uno de chocolate.

    Su padre la miró como si se hubiera vuelto loca pero luego se relamió.

    - Eso estaría bien. Mañana te haré un pastel de chocolate.
    - Además, ya ha pasado el año -añadió Iris.
    - ¿Qué año? -preguntó Dean, cortando un trozo de zanorria y llevándoselo a la boca.
    - El año de comer zanorrias. Aquello del metabolismo. Dijeron que sería un año.
    - Bien, pues comeos esas. Mañana abriremos el abanico de posibilidades gastronómicas.

    Cuando salieron de casa para dirigirse como cada mañana a la escuela, Maud recordó la conversación con Agrippa.

    - Anoche volví a escuchar el zumbido -le dijo a Iris.
    - ¿Te das cuenta de que nunca lo oyes cuando me quedo a dormir en tu casa? A lo mejor te estás volviendo loca y no tienes ni idea.
    - Hablando de locos, creí que venía de la casa del loco. ¿Sabías que tiene nuestra edad? Quizá sea un poco más mayor que yo.
    - ¿Agrippa?
    - ¿Lo conoces?
    - Agrippa no es el loco.
    - Él dijo que sí.
    - Agrippa es un liante sin oficio ni beneficio.
    - Estaba en la casa del loco.
    - ¿Lo viste salir de ella?
    - No, me lo encontré en el jardín.
    - Pues ahí lo tienes. Está zumbado, pero no es el loco.

    Aquella fue la mañana más extraña que Maud pudiera recordar.
    En la escuela había cierta excitación, cosa previsible dado que todos cumplían años al día siguiente. En lugar de las aburridas clases de cada día, como había predicho Dean, la profesora les puso vídeos poco habituales.
    En el primero pudieron ver a unos animales como gatos grandes, uno de ellos con melenas y otro más bien de pelo corto. Maud percibió la emoción de Iris. Ésta le tomó la mano justo cuando ella misma recordó que aquello que veían en la pantalla era una pareja de leones. No había vuelto a ver leones desde... no fue capaz de recordarlo. Parecía mucho tiempo.
    Después vieron un vídeo de pingüinos y fue algo fabuloso. Los niños parecían asombrarse al descubrir aquellas fantásticas criaturas nunca vistas y se asombraban más al recordarlas.
    Durante toda la mañana la profesora les fue pasando vídeos de la fauna y la flora del planeta, sin explicaciones, solo pidiendo silencio si la clase se alborotaba. La maestra iba cambiando de vídeo cuando finalizaba el anterior y mientras ellos redescubrían el mundo, ella permanecía inmutable con una extraña sonrisa en los labios. Aquella era, pensó Maud, una mañana ciertamente anómala.
    Cuando acabaron con los vídeos de animales comenzaron con los de ciencias.
    Les pasaron primero uno sobre el astro rey. Pero cuando después vieron el documental sobre la luna y pudieron observarla en cuarto creciente y en cuarto menguante, todos comenzaron a inquietarse. No podían explicar qué era exactamente pero algo estaba mal. Algo daba miedo.
    Un chico que se sentaba detrás de Iris preguntó:

    - ¿Qué demonios estamos viendo?
    - Silencio -pidió la profesora. - Es vuestro regalo de cumpleaños.

    Cuando de nuevo apareció una gran ciudad (Nueva York, creyó recordar Maud) y en el cielo una luna segmentada, el mismo muchacho volvió a interrumpir:

    - Pero... la luna es redonda. Siempre es redonda.
    - La luna llena lo es.
    - Pero no hay más que una luna, la luna llena.

    La profesora empezó a enfadarse.

    - ¿No puedes disfrutar de tu regalo, como todos los demás?

    Al fondo de la clase alguien empezó a llorar.

    - Por favor. Tranquilizaos -solicitó la maestra. - Aún nos quedan cosas por ver.

    Lo siguiente fue una película. Se titulaba Grease. Maud e Iris intercambiaron una mirada de asombro. Llevaban bastante tiempo sin ver una película pero aquella la habían visto juntas en televisión.
    Maud se preguntó dónde estaba la tele, en casa solían tener una. Luego se preguntó cómo era posible que no se lo hubiera preguntado antes.
    Iris se dio cuenta de que en Grease los chicos y las chicas se besaban, y que eso no pasaba a su alrededor. Ella nunca había besado a un chico.
    Al acabar la película comenzó la pesadilla. Maud e Iris intentaron escapar.
    Fue en vano.



    Capítulo III: El despertar


    Las ambulancias recorrían el condado en todas direcciones. La que se detuvo en la casa de Maud lo hizo en la calle de atrás, la que daba al jardín. Era más cómodo entrar la camilla por allí.
    Agrippa, tras la ventana de su habitación en el piso superior de la casa vecina, observó el ritual con aprensión.

    - No puedes hacer nada -dijo su madre, que bebía una taza humeante de jugo de zanorria, a su espalda. - Pronto terminará, para bien o para mal.
    - No es cierto. En manos del consejo actual nunca terminará. No hay un final para esto. No habrá un final que contente a todo el mundo.
    - Sea como fuere, no es algo que esté bajo tu control. Si vuelves a inmiscuirte te encerrarán, y esta vez no serán dos años.
    - Vienes poco a verme. ¿Por qué precisamente hoy, madre? ¿Crees que voy a ir allá abajo y la voy a secuestrar?
    - Nada de eso. Solo te traía un libro, ya te lo he dicho.

    Maud estuvo enferma casi dos semanas. Se despertaba a intervalos de unas tres horas, se arrastraba hasta el cuarto de baño y vomitaba. Cuando se pasaban las nauseas volvía a dormir. Al cabo de unas horas volvía a despertar, hambrienta, y descubría un plato sobre la mesita de noche, lleno de unas cosas de color naranja que recordaban vagamente a las zanahorias pero eran más gordas, tenían un aspecto correoso y un sabor horrible. Comía y volvía a dormir. Unas horas después volvía a vomitar. A veces había en la mesita un vaso con un líquido naranja que sabía igual de mal que aquellas cosas del plato.
    Sus padres no parecían estar en casa.
    Al cuarto o quinto día apareció un hombre en su habitación.

    - ¿Cómo te encuentras? -le preguntó aquel desconocido.
    - ¿Quién eres? -respondió Maud, intentando fijar la vista.
    - Soy tu padre.
    - ¿George?
    - No. Dean.
    - Mi padre es George.
    - Tu padre soy yo. Estás confusa, cielo. Has estado muy enferma.

    El sueño la venció.
    Aquel hombre apareció a partir de entonces constantemente. Decía ser su padre aunque ella no lo reconocía.


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