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Tema: Del Gris al Blanco (Gris 1) - novela erótica parodia de Grey

  1. #1
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    Del Gris al Blanco (Gris 1) - novela erótica parodia de Grey

    Hola, chicos, os sugiero esta novela escrita por mí, una especie de parodia de las Cincuenta Sombras de Grey, ambientada en el mundo de la Administración Pública. Espero que os guste mucho y lo recomendéis a más personas. Es una novela breve, de unas 130 páginas, primera parte de una serie, y la he puesto a un precio muy asequible: EUR 0,89

    Del Gris al Blanco (comprar en Amazon)



    De qué trata:

    La inteligente, joven y culta Natasia aprueba las oposiciones para entrar en la Administración Pública. Allí, entre sellos de compulsa, cartas para mandar, grapadoras y clips, se encontrará con un jefe de servicio temible y misterioso, pero guapo, que parece sentirse atraído por ella y que le despierta una parte que creía dormida. Cuando estalle la chispa y todo arda entre ambos, Nata descubrirá que el señor Gris, su jefe, esconde un oscuro secreto, un fetichismo inimaginable para una chica ingenua y virgen como ella. ¿Podrá la pasión desatada que los envuelve vencer los obstáculos que se interponen entre ellos y a las personas que tratan de poner trabas a su amor?

    El nuevo fenómeno surgido tras “Las cincuenta sombras de Grey”, y que le da mil vueltas. Con esta te reirás mucho más. La novela “*****-funcionaria” de la que todos hablan y cuyas prácticas pocos se atreverían a experimentar. Un paso más hacia la transgresión, el tabú y lo prohibido.


    “Un soplo de aire fresco y un tema muy actual”. Dos Románticas en Lontananza.

    “Una lectura que no dejará indiferente” V. W. Escritora (amiga de la autora)

    “Te atrapará. No podrás dejar de leer hasta la última línea”. El Blog.

    “Un entramado de muñecas chinas cargado de intriga, romance y misterio”. Natasia B.V.

    “El señor Gris enamora. ¡Quiero un Gris en mi vida!” P.T. (fan de Cincuenta Sombras)

    Nota: esta novela contiene escenas muy explícitas y que podrían herir la sensibilidad de algunos lectores. Para mayores de edad.

    Se trata de una novela corta (36.000 palabras), primera parte de una serie.

    Natasia Blanco Verde nació en un pueblo hace unos años. Cuando logró ingresar en la administración, empezó un diario contando sus historias, y este es el resultado.

    Fragmentos

    “Emocionada, me eché a llorar. Pero él me sujetó más fuerte.
    —Psssssssssssssss, nena, no llores.
    Le obedecí al punto. Era tan fuerte e imperioso. Me eché a reír.
    —¿Y ahora me vas a contar tus secretos?
    Marco me lanzó su mirada de esfinge.
    —Te lo contaré, pero tengo miedo a perderte.“

    “En ese momento justo, se abrió la puerta del despacho de Marco con un chirrido. Él apareció entre los archivadores, como una presencia altiva y misteriosa. Todos abrieron un expediente y se pusieron a teclear de pronto.
    Marco me miró durante un minuto, inmóvil.
    —Yo también haré hoy la tarde… —susurró, al fin.”

  2. #2
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    Re: Del Gris al Blanco (Gris 1) - novela erótica parodia de Grey

    Para animaros a la lectura de esta obra os dejo un pequeño anticipo que espero sea de vuestro agrado...


    Apruebo las opos


    Guau, no me lo podía creer. Allí estaba, delante de las listas con los resultados del último examen. ¡Y había aprobado! Eso quería decir que ya no tendría que preocuparme nunca más de buscar trabajo. Ya era funcionaria.
    Miré a mi compañera, María Angustias. Estaba llorando, la pobre. Se había pasado años estudiando para esas oposiciones, yendo de sus trabajos de mierda a casa, estudiando de madrugada como una loca… y nada. Quería consolarla, pero era imposible. Esa misma noche le tocaba turno de limpieza en unas oficinas. Como para darle ánimos. Uf.
    —He aprobado —le dije.
    —Ya lo veo, ¿me lo estás restregando o qué?
    Me mordí el labio. No soportaba que mi amiga me tratara así. Qué culpa tenía yo de haber aprobado. Ojalá hubiera podido hacer que aprobara ella. Aunque, pensándolo bien, si ella hubiera aprobado podría haberme quitado la plaza, y eso no me hacía gracia, pero no podía decirlo; no era ético.
    Me sofoqué solo de pensar en que mi vida acababa de dar un giro de quinientos grados. Es que era muy fuerte. Por fin podría tirar todos los malditos currículums de mierda que jamás nadie leía y hacer un corte de mangas a los entrevistadores que nunca volvían a llamar.
    —¿Y ahora qué va a pasar? —dijo, entre llantos, Angustias.
    —¿A qué te refieres?
    A veces era difícil entender a mi amiga.
    —Pues que ahora eres funcionaria. Yo solo soy una limpiadora temporal. Y tengo que seguir estudiando para preparar más oposiciones. Me pasaré la vida estudiando, mis mejores años, nunca voy a conocer a nadie ni casarme ni tener hijos ni nada.
    Sí que era difícil comprenderla. Como si no pudiera tener hijos sin ser funcionaria. Es que decía unas cosas.
    —Yo te voy a querer igual —le dije, emocionada, acariciándole la mejilla asolada por las lágrimas—. Y claro que encontrarás a alguien que te quiera por cómo eres y por lo bien que limpias.
    Ella pareció sentirse aliviada de momento. Suspiró.
    —Menos mal que me tienes a mí —le dije, y nos abrazamos, emocionadas.
    Sin embargo, a pesar de esa aparente cordialidad, notaba que se había abierto una brecha entre ambas. Claro, yo tenía el futuro solucionado, mientras que ella seguiría viviendo al borde del abismo, como todos los que no estaban en la función pública, mirando cada euro y sin poder irse de vacaciones ni nada. Y se quejaba de que no encontraría a alguien; ella al menos no era virgen.
    Hacía años, cuando tenía quince, había estado a punto de dejar de ser virgen, pero tuve una experiencia traumática que me da mucha vergüenza contar, bueno, quizás lo haga más adelante. El caso es que los tíos me daban mucha grima desde entonces. Solo de pensar en ver a uno desnudo me producía escalofríos.
    Sin embargo, Angustias no tenía esos problemas. Como su madre era finlandesa estaba acostumbrada a estar en la sauna con toda su familia. Estaba harta de ver *****s, la verdad, y también las había tenido dentro y eso, bueno, no las de su familia, de otros, como Pavel, un checo que habíamos conocido el verano pasado y que estaba buenísimo. Rubio, alto, con un pecho como el de Beckham y lleno de tatuajes. A mí me gustaba mucho pero él se fijó solo en Angustias.
    Su amigo, que no sé ni cómo se llamaba, me persiguió todo el rato mientras estuvieron en España. Lo que más recuerdo de él eran sus horribles granos purulentos. Además, hablaba rarísimo. Al agua la llamaba “voda” y todo así. No congeniamos. Pero Angustias se tiró a Pavel y, al parecer, lo pasó muy bien con él.
    Al día siguiente, ni rastro del checo. Tuve que consolar a Angustias, que ya se veía viviendo en Praga. Es que mi amiga es muy buena, pero enseguida se monta castillos en la arena. Solo con ver a un tio que le gusta ya se imagina que se hacen novios y se casan y todo lo demás. Así, sin salir ni nada antes para ver cómo es y si son compatibles y si él sabe cocinar. No me extrañaba que los novios le duraran dos meses como mucho. Solo se fijaba en si eran guapos. Bueno, yo también me fijo, para qué nos vamos a engañar. Ahora que lo pienso, me hubiera encantado liarme con Pavel. Hubiera sido la ocasión de dejar de ser virgen.
    Tenía entonces treinta y tres. Y ahora, treinta y cuatro.



    Primer día de trabajo


    El día que llevé la carta de presentación a la Secretaría General Técnica de mi Consejería fue muy especial.
    El edificio estaba un poco apartado del centro, pero el bus me llevaba justo delante de la puerta. La verdad es que tenía suerte hasta para eso.
    Cuanto atravesé las puertas me sentí como agitada por un viento extrañamente cálido. ¡Era toda una señal de que algo grande me iba a ocurrir!
    —Es la cortina de calor —explicó el guardia de seguridad, un chico fornido, alto, cuyos músculos abultaban el uniforme azul. Su sonrisa me caldeó tanto como el aire. Tenía los ojos azules, de un color como el del mar en su parte más profunda, y el pelo corto y castaño. Dos hoyuelos se le marcaban a cada lado de esa inmensa sonrisa formada por labios gruesos y sensuales.
    Sin querer, me di contra los tornos que había que pasar, y que yo no sabía cómo abrir. Empujaba y no se movían, los cabrones.
    —Nunca te había visto por aquí, ¿eres nueva?
    Me temblaban las piernas. Nada más llegar, me encontraba con un chico agradable, aunque me estuviera dando el alto. Malditos tornos. Vaya vergüenza.
    —Sí. Creo que tengo que presentarme en la tercera planta. Uf, estoy supernerviosa. No sé ni qué se hace.
    —¿No te dieron el día que elegiste puesto una carta de presentación? —dijo él, con su voz profunda como el rugido de una cascada y el bramido de un león en celo.
    Asentí con la cabeza y la barbilla.
    —Tienes que dar tu nombre y documento de identidad en el control de acceso. Más adelante te entregarán una ficha para que puedas usar los tornos —dijo, muy amable, el guardia, mientras me señalaba con un gesto de la cara a la ventanilla donde estaba el control, a un par de metros de la entrada.
    —Ajá —respondí, agradecida, pero roja como un tomate y medio.
    Me dirigí hacia el control, él vino detrás, como si quisiera espiarme. Qué nervios. Qué intriga.
    Le di el DNI a la chica del control.
    —Natasia Blanco Verde —repitió, extrañada, como todos los que leían mi nombre, pero trató de disimularlo. Fue un momento violento—. Y vas a la consejería de Administraciones Públicas, Hacienda, Interior, Bienestar y Servicios Sociales.
    —Sí, creo que se llama así —dije, hecha un puro nervio.
    Ella anotó todo y por fin pude pasar. El guardia de seguridad me abrió una portezuela, que era por donde entraban y salían los visitantes, y me guiñó el ojo. Guau. La cosa prometía. Había escuchado mi nombre y no se había reído ni nada.
    Ese día solo fui a Personal, y una chica de allí, Carmen, me condujo a mi servicio, el de Asuntos Generales, pero estaban todos en el café y no pude conocer más que a una tal Carmen (había muchas Cármenes en aquella Administración), que según la chica, era jefa de negociado. Me lo dijo en voz baja para no molestarla, ya que estaba echando una cabezadita. Lo cierto es que la postura para dormir era bien difícil. Con la silla reclinada, las piernas sobre la mesa, junto al pc y una manta tapándola. Me pareció que era peligroso y me extrañó que nadie le advirtiera que podría caerse hacia atrás y desnucarse. Era inaudito.
    —Vuelve el lunes para empezar. Así conocerás a tu jefe de servicio, el señor Gris —dijo la chica, enigmática. Me pareció que había un tono raro en su voz, como si el señor Gris ocultara algo. Hasta se sonrió taimada y solapada.
    ¿Qué demonios pasaría con él?
    —Es un hombre un poco especial… —añadió la chica, que a veces parecía seria y a veces se sonreía con sarcasmo.
    —¿En qué sentido?
    —Ya lo verás…
    Me dejó en intriga todo el fin de semana. El señor Gris, solo podía pensar en ese nombre, y no entendía la razón de que rondara mi mente. La actitud de la chica de personal me tenía muy escamada. Cuando se lo conté a Angustias, no le dio la menor importancia, como si no la tuviera. Era una egoísta que solo pensaba en ella. Pero yo sabía que bajo el tonillo de aquella funcionaria se escondían motivos ocultos. O quizás no.


    Y por fin, era mi primer día, el verdadero primer día.
    Todavía no tenía mi ficha, así que pasé por la puerta de visitantes. Para mi desilusión no estaba el guardia del viernes, sino otro un poco calvo, que ligaba con la del control. Al menos, la actitud era, por decirlo de algún modo, cariñosa. Se miraban, fumaban juntos y se acariciaban la cara con los labios a menos de tres centímetros de distancia. Ahí había algo raro seguro. Me pareció un poco informal estando de servicio. Además, a las siete y media de la mañana como que no apetecía mucho andar coqueteando, con el frío que hacía ahí afuera.
    Llegué al Servicio, esperando que hubiera alguien para recibirme. Por lo que me habían contado otros funcionarios lo normal era que te presentaras al jefe y este te explicara tus funciones. Así que me vería las caras con el señor Gris.
    Carmen dormía en la misma postura de la otra vez. Su ordenador estaba aún sin encender. Debía de tener un sueño agitado, ya que se inclinaba más y más hacia atrás, mientras emitía sonoros ronquidos. Temiendo lo peor, la sacudí un poco para que despertara. Al cabo de unos segundos, abrió los ojos y me miró. Tendría unos cincuenta y cinco años y la mirada vidriosa tras las gafas de pasta.
    —¿Tú quién eres?
    —Natasia, tengo una plaza aquí. Vengo a incorporarme.
    —Ah, mecagüenlaputa, no me acordaba que iba a venir una nueva. ¿Eres interina?
    —No, saqué la plaza. Es mi plaza —dije, orgullosa.
    —Vaya puta mierda. Yo prefería que trajeran una interina, pero claro, con esta crisis de los cojones y los putos recortes… Pero una interina es mejor, que trabaja más. Fíjate todo lo que tenemos ahí pendiente.
    Miré encima de una de las mesas, hacia donde señalaba ella con la barbilla. Estaba llena de papeles. En realidad, parecía una maqueta de Nueva York, con torres de varios niveles hechas con dosieres y folios. No entendí qué insinuaba.
    —¿Y por qué está todo eso ahí? —pregunté.
    —Es tu puta mesa —gruñó Carmen.
    ¡Vaya! Ni siquiera me la habían recogido. Tendría que quitar todos esos papeles y ponerme cómoda cuanto antes.
    Y es que no puedo con el desorden, y menos si está en mi lugar de trabajo. ¿Cómo iba a poder llevarlo a cabo con la mesa llena de expedientes o lo que fueran? Ni corta ni perezosa, me arremangué y sujeté las pilas de folios por la parte de abajo, hasta separarlas del escritorio.
    —¿Qué **** haces? —gritó Carmen.
    —Solo estoy retirando las torres gemelas a esta mesilla auxiliar —le dije, con los papeles en las manos; tenía que apoyarlos contra el pecho y todo para que no se desparramaran.
    Entonces, mientras buscaba casi a ciegas la mesilla, llegó un chico de unos treinta y pico años, con cara de sueño, pelo negro con alguna cana, muy cortito, barba de dos días, ojeras y buen cuerpo, que se me quedó mirando desde el hueco entre dos armarios archivadores de color gris.
    Mi cuerpo se iba hacia un lado y otro tratando de mantener el equilibrio, pero aquello amenazaba desastre inminente sin recurrir a Bin Laden. Ante mis ojos tenía lugar un milagro físico que desafiaba la ley de la gravedad.
    —Pero, ¿esto qué es? —dijo el recién llegado, rompiendo a reír.
    Me puse roja, pero roja roja, como la grana como mínimo. Y mientras, las torres de papeles se combaban de una manera aterradora y yo iba de un lado a otro para compensar la inclinación.
    —Es la nueva… —dijo Carmen—. Y no es interina.
    —Ah, entonces debe de ser de las que pidieron plaza el otro día. ¿Cómo te dio por venir aquí? —me preguntó el chico.
    Yo a todo eso, no podía ni pensar, tal era mi vergüenza y mi pánico a no encontrar a tiempo la mesita. Pero de pronto, di un salto y alejop, las torres de papeles volaron por un instante antes de quedar clavadas sobre la superficie horizontal, sin desarmarse.
    —Ostras, ¿cómo has hecho eso? —volvió a preguntar el chico risueño. Se rascaba la cabeza de un modo sexy, no como si tuviera piojos ni nada de eso, sino como provocando.
    Me limpié el sudor con el fular nuevo del Corte Inglés.
    —No sé, me ha salido por casualidad.
    No mentía: yo misma me preguntaba cómo era posible que el suelo no estuviera a esas horas empapelado. Nunca había sido muy buena en gimnasia. Y mucho menos en Física.
    —¿Cómo te llamas? Yo soy Román —se presentó el joven.
    No era feo, así que le di unos besos para saludarle.
    —Yo Natasia.
    —¿Natacha?
    —No, Natasia.
    —Qué original...
    No podía contarle la verdad cruda; que mi padre estaba borracho cuando fue al registro civil a inscribirme y le farfulló al funcionario que quería llamarme Nastassja, como la hija de un actor muy feo y con cara de vicioso que se llamaba Kinki o algo así, y que al parecer se la tiraba, según decían las malas lenguas, es decir, según el propio Kinki. El funcionario no le entendió. Y así quedó la cosa. Natasia. Tenía que vivir con ello o cambiarlo pero no se me ocurría otro nombre que encajara con mi personalidad. Podía ser peor, mi madre se llamaba Virtudes. Y mi mejor amiga, Angustias. No tenía ningún derecho a quejarme.
    —Te podemos llamar Nati —dijo Román, irónico. Al decir eso, me tocó el hombro. Luego me abotonó un botón de la chaqueta. Y me subió la cremallera de la cazadora—. A mí me puedes llamar Ro.
    Podía pero ya entonces decidí que no quería. Había algo en la mirada de Román que destemplaba y cortaba la leche. Era una mirada tipo rayos x, de las que buscan ver tu interior, tu ropa interior. Cuando la lengua asomó la puntita entre sus labios opté por alejarme de su mano, que ya parecía tentáculo.
    Carmen, a todo esto, se había echado la manta por encima de los hombros.
    —Odio los lunes. A ver si calienta de una puta vez la calefacción de mierda —gorjeó.
    Hasta entonces, avergonzada como estaba, no me había fijado en lo espantosa que era la manta y en lo mal que le sentaban a Carmen los cuadros escoceses. Si hasta me recordó un poco a la profesora McGónada de Harry Potter, con alguna arruga más.
    —No nos has contado cómo te dio por elegir este puesto —insistió Román, adelantándose un paso.
    Yo retrocedí un paso también.
    —Bueno, me tocaba elegir en decimonoveno lugar de veinte. No quedaba mucho para escoger. Además, este puesto era el único con complemento B. Ganaré más dinero.
    Sí, hasta en eso había tenido suerte. Si es que soy más lista.
    —¿Y no te parece raro que los que tenías por delante escogieran los puestos sin complementos? —preguntó Román, con la boca torcida así como de medio lado, y su mano de nuevo en la cremallera de mi cazadora, esta vez en maniobra descendente.
    —Imagino que no querrían hacer más horas, pero a mí no me importa, me interesa más el dinero; soy una persona de firmes convicciones y con un gran sentido de la ética. Mi madre dijo que escogiera lo que me hiciera ganar más.
    Román miró a Carmen, y Carmen me miró a mí por encima de aquellas gafas anticuadas.
    —Pues bienvenida —dijo Román, con extraña sonrisita.

  3. #3
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    Re: Del Gris al Blanco (Gris 1) - novela erótica parodia de Grey

    los asteriscos es po-l-l-as

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