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Tema: La respuesta española al dinoponno, ¡el rosadino! "Te amaré hasta que te extingas"

  1. #1
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    La respuesta española al dinoponno, ¡el rosadino! "Te amaré hasta que te extingas"

    Hola, os presento mi relato "Te amaré hasta que te extingas", la respuesta al dinoponno. En realidad no es pon-no, sino una historia de amor entre una humana y un bicho, con mucho humor también. Un divertimento ligero para estas fechas. No tiene DRM. Y son unas cincuenta páginas.




    En pleno Cretácico la mujer de las cavernas Trunia conoce a un interesante ejemplar de macho, Arlak. Él es educado, sofisticado, divertido, muy alto y fuerte, masculino... Solo tiene un defecto, es un Tyranosauruus Rex. Eso no es impedimento para que la joven y el dino den rienda suelta a su amor.
    Trunia se encontrará, sin embargo, con la incomprensión de los miembros de su clan y la de su propio padre, que la ha comprometido con Ñork, el jefe de otro clan. Mientras tanto, el volcán que preside la aldea cavernícola ruge y amenaza erupción, sin que el chamán sea capaz de aplacar a los dioses irritados con la trasgresión de las leyes de la naturaleza. ¿Lograrán Trunia y Arlak alcanzar la felicidad y vivir su amor en libertad en la Edad de Piedra?

    La respuesta romántica al "dinopon-no", que inaugura un nuevo género, el "rosadino", más allá del rosa, más allá de todo lo imaginable. Un relato épico con un amor imposible en los turbulentos tiempos de la prehistoria, cuando los dinosaurios dominaban la tierra.

    "Es una historia de amor preciosa. Pasión animal, pero muy humana". Carola Ñoña, autora romántica.

    "Una novela muy bien documentada, que no te dejará indiferente". Webmaster de El Mundo del Libro, del Ebook y del whisky.

    "Te cuestionarás todo lo que sabías sobre la prehistoria. A mí me ha pasado". Dr. Antiquus, profesor de Enología.

    "Hay acción, aventura, peligro, drama, humor y mucho amor. Es el mejor libro que he leído este año, tras "Del Gris al Blanco"". V.W. (amiga de la autora)

    "No es rosadino, es rosa osado, y no porque salgan osos..." El blog.

    "Quiero un dino en mi vida" Fan de Grey.

  2. #2
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    Re: La respuesta española al dinoponno, ¡el rosadino! "Te amaré hasta que te extingas"

    Pues no has sido la única que se ha subido al carro, parece que el jénero está calando en España

    Poseída por los reptilianos (Este está hoy gratis en amazon)
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    Amada por una manada de deinonichus

    http://www.amazon.es/Amada-manada-de...de+deinonychus

    A este lo pondría delante de título una 'm', para que fuera más ponno.

    Saludos
    Última edición por ligrx; 08/01/2014 a las 11:07

  3. #3
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    Re: La respuesta española al dinoponno, ¡el rosadino! "Te amaré hasta que te extingas"

    Ja, ja, pero el mío no es ponno sino Rosadino, es decir, una novela romántica o rosa con dinosaurios. Además tiene mucho humor y es mucho más larga que esas cosas de 20 paginas. La mía tiene más del doble de páginas. Así que ya sabéis... más allá del rosa, más allá del dino... rosadino, un nuevo color en las letras, ja, ja, ja, ja.

    Os dejo un avance de la obra...

    Hace un millón de años, cuando los dinosaurios dominaban la tierra…


    Trunia, la hija del jefe del clan de los Pelolargos del Sur, solía ir a bañarse en un estanque bajo la Gran Cascada. Como era de imaginar, lo hacía desnuda. Se retiraba las pieles, las dejaba sobre las rocas calentadas por el sol cretácico, y sumergía su cabello rubio y sus turgencias en el agua fresca, donde chapoteaba libre de preocupaciones.
    Aquel otoño se había dado bien la caza. Había mucha carne de uro enterrada en los neveros de la Gran Montaña. El gran chamán había augurado que la glaciación tardaría todavía muchos años en llegar. Había soñado, en concreto, que la Glaciación de Würm tendría lugar en el 80.000 antes de Cristo, pero como aún no había nacido Cristo, todos confiaban en que hubiera cierto margen de maniobra. No obstante, el chamán había advertido que antes de esa habría otras, y que después también, que no había que confiarse, pero aquello parecía muy lejano a Trunia bajo el abrumador sol que la bañaba.
    La tribu no se alejaba a menudo del territorio. Pero Trunia, osada como era, y consciente de que la esperanza de vida de la gente prehistórica era de unos cincuenta y pocos años, quería vivir a lo loco y disfrutar de su efímera existencia antediluviana. El baño era uno de sus mayores placeres, después de ir al mercadillo a comprar collares con colmillos de tigres de dientes de sable.
    Llevaba un hacha de sílex y un palo para defenderse de posibles ataques de tribus rivales, aunque no sucedía con frecuencia. No había más de 20.000 humanos repartidos por todo el planeta. Las posibilidades de coincidir con alguien eran remotas. Era más probable que entrara en erupción el Gran Volcán Humeante que dominaba la aldea. El chamán aseguraba que se trataba de un gran dios ctónico atrabiliario, pero a Trunia no le inspiraba mucha confianza que usara palabras extrañas para definirlo. En los últimos días hacía temblar la tierra y echaba más humo del normal. Ni siquiera los tres niños de pecho que le habían arrojado por su enorme boca lo habían aplacado.
    Y luego estaban los dinosaurios. Los había de diversas formas y tamaños. La mayor parte tenían plumas. El chamán había vaticinado, tras fumar la gran hierba sagrada, que en el futuro harían películas sobre ellos y que se les mostraría lampiños y escamosos, generalmente de color verde o marrón. Los guerreros se habían reído. ¡Con lo bonitos que eran los dinosaurios emplumados rojos!
    —Este viejo ya está chocho —había dicho Grrrh, el jefe del clan, el guerrero más fuerte y con más compañeras, el macho alfa, esgrimiendo su bastón de mano de hueso.
    —Eso nos pasa por elegir chamanes de cuarenta años, que ya tienen un pie en la tumba —había protestado Aghrrl, hermano del anterior.
    —Pero siempre ha sido así. Los ancianos son los sabios y los jóvenes somos los guerreros —había añadido Prrggh, un macho algo levantisco y rebelde que empezaba a dar problemas.
    Aún no se había emparejado ni conocido hembra; parecía inquieto y ansioso. Y miraba a Trunia de manera no menos inquietante. Pero Grrrh ya había pensado en una posible pareja para su hija, un jefe viudo de otro clan, que odiaba a los neardentales porque le parecían feos.
    —Perdón, se dice “neandertales” —aclaraba siempre el chamán, pero Grrrh no se daba por enterado.
    El chamán, en petit comité, le había dicho a Trunia que ella misma, con su llamativo pelo dorado, sería la inspiración para alguna de esas películas del futuro.
    —Pero, chamán, ¿qué es una película? —había preguntado ella, confusa. La terminología mágica y del mundo de los espíritus nunca había sido su fuerte.
    —Yo me entiendo, hija —había respondido él, enigmático.
    De momento, Trunia solo servía de inspiración a unos cuantos machos jóvenes, como el propio Prrggh, que había pintado su vulva por todos los rincones de la cueva, para disgusto del clan, y le había regalado una figurita, supuestamente su retrato, con generosas mamas y caderas, pero sin cabeza.
    —¿Tan gorda estoy? —fue lo primero que se le había ocurrido decirle a su pretendiente.
    Trunia sabía que había hablado con ligereza. El pobre Prrggh debía de haber dedicado muchas lunas a tallar aquello. Pero era una chica impulsiva y nada políticamente correcta. Y creía, como el resto del clan, que Prrggh debía pintar cosas de más provecho para el grupo, como bisontes y caballos.
    Entregada a los placeres del baño, Trunia no se percató de la proximidad de unos ojos que la espiaban tras los árboles. Las ramas se agitaban, pero ella seguía nadando, sumergiéndose, haciendo burbujitas y todo lo demás, en su desnudez e inocencia. Los ojos entre el ramaje brillaban, mientras seguían las evoluciones de la joven.



    Cuando ella se cansó de nadar, salió del lago y se tumbó sobre la roca para secarse al sol. La mirada examinó, con la libertad que le otorgaba el escondite, sus pezones enhiestos, sus pechos grandes como melones (aunque los melones aún no existían) y la sombra rubicunda que adornaba la cueva secreta entre las piernas, una cosa que siempre le había llamado mucho la atención, por lo extravagante.
    Lo cierto es que Arlak llevaba algún tiempo visitando aquel paraje sabedor de que Trunia lo frecuentaba. La primera vez que la había visto había sido una tarde en la que había bajado de su refugio a beber agua. Jamás hubiera podido pensar, ni en sus más efusivos sueños, que existiera una criatura tan deliciosa como aquella, con dos piernas, dos brazos, con una piel tan blanca y esas matas de pelo caprichosamente repartidas por el cuerpo, de un color rubio platino. La timidez le impedía salir del escondite e invitarla a un jugo de bayas o frutos silvestres para romper el hielo.
    Hacía ya varias estaciones que Arlak se había alejado de su grupo, donde nunca se había sentido a gusto, sobre todo con la gente de su generación, y vivía en soledad, sin haberse encontrado con hembra alguna que llenara su vacío. Hasta el momento en que descubrió a Trunia había pensado incluso que era asexual. Las hembras que lo acosaban le daban asco. No le gustaba que tomaran la iniciativa ni lo provocaran con sus contoneos. Pero en su grupo, la moral hacía mucho que se había relajado y ya todo estaba permitido. Él pensaba que tenía que haber algo más que estar todo el rato pensando en reproducirse; un sentimiento, una emoción, algo.
    Una sombra oscureció la mirada de Arlak. De inmediato, miró al cielo. Justo lo que pensaba, un pterodactilo de brillante plumaje revoloteaba en busca de carne fresca, o quizás solo quería deleitarse con las ubres de Trunia, que se había quedado dormida sobre la roca, como una hermosa lagarta mutante.
    Arlak sintió que era el momento de olvidar la timidez y echarse al ruedo. Si aquel petulante pterodáctilo lo veía acercarse a Trunia, seguramente daría la vuelta y regresaría a su nido. Aunque aún se le podría considerar un jovenzuelo, no había salido ayer del cascarón. Su tamaño imponía respeto. Y los pterodáctilos que conocía eran todos unos cobardes.
    Tal y como esperaba, al abandonar su camuflaje de ramas, y ponerse a la vista, junto al estanque, el pterodáctilo lo vio y graznó contrariado, le hizo un gesto obsceno con el ala y echó a volar hacia la cumbre de la Gran Montaña, con sus amigotes. Arlak no soportaba a esos bichos. Iban de chulitos; se creían algo por poder volar. Pero cuando veían problemas salían pitando.
    El graznido del animal no había despertado a Trunia, que seguía con su angelical siesta.
    Arlak, osado como nunca, se acercó a la mujer. Era tan rara pero, a la postre, hermosa a su manera, tan delicada y pequeña. ¿Cómo podría sobrevivir en un mundo tan hostil como aquel con tan escasos y débiles músculos, sin colmillos o fauces enormes y con aquellas insignificantes manos sin garras? ¿Emitiría tal vez alguna clase de veneno capaz de inmovilizar a sus víctimas? Arlak se puso romántico y se sonrió de medio lado al pensar que él ya estaba envenenado y preso de la cazadora.



    Trunia había tenido un sueño raro mientras dormitaba. Había notado como si alguien la lamiera con una lengua enorme en el pecho, pero al abrir los ojos no había visto a nadie en derredor, solo a un enorme tiranosaurio a menos de cinco metros. ¡Un tyranosario! Trunia saltó de la roca, gritó y se cubrió el cuerpo con las pieles. Había oído contar a las mujeres del clan historias sobre dinosaurios que ponían de punta la abundante pilosidad corporal.
    —Oh, perdona, no quería molestarte —dijo el dinosaurio, muy correcto—. Me daré la vuelta para que te vistas.
    La mole de carne y huesos se giró, ofreciéndole un lomo de pequeñas plumas atrofiadas que tenía aspecto de estar muy suave. A Trunia la desconcertaba la extremada amabilidad del Tyranoraurio, pero no se fiaba. Se puso las pieles y agarró con firmeza el hacha de sílex.
    —¿Ya? —preguntó el dino.
    Tenía una voz profunda y cavernosa, lo cual estaba en consonancia con lo desmesurado de su garganta.
    Como ella no respondiera, él giró un poco la cabeza y miró de reojo.
    —No te muevas —ordenó Trunia, con el hacha por delante—. Y no me hables. Eres un dinosaurio, no puedes hablar. Es contra natura. Lo dice el chamán. Solo los humanos tenemos en don del habla por la gracia de la diosa madre.
    El bicho carraspeó.
    —Perdona, nena, pero creo que tu chamán y tú estáis algo equivocados.
    —Que te calles, te digo. Y no des un paso. Me vas a dejar marchar sin comerme.
    El dinosaurio emitió una sonora carcajada.
    —Eres un encanto. Yo no como chicas guapas, y mucho menos si tienen tanto carácter. No es muy agradable el ardor de estómago, créeme.
    La verdad era que el dinosaurio no parecía amenazador, e incluso la trataba con cortesía. Y la había llamado guapa. Trunia bajó el hacha.
    —¿Me puedo dar la vuelta ya? —inquirió el dino—. No te preocupes por tu virtud, cariño. No me interesan esas cosas. Soy un esteta; me deleitaba únicamente con tu belleza.
    Trunia enarcó la peluda ceja derecha, que casi se juntaba con la izquierda formando una línea rubia.
    —Ya, y te piensas que soy tonta. ¡Pero si estuviste chupeteándome las tetas!
    Trunia se percató de que el dinosaurio, que acababa de girar su enorme continente, se había ruborizado y había abierto ligeramente aquellas fauces llenas de dientes tan grandes como un brazo suyo.
    —Lo lamento. Me dejé llevar, no sé que me pasó. Espero que no me lo tengas en cuenta. No soy así normalmente, pero… Oh, no, no tengo perdón. No debí proceder así y menos aprovechando tu inconsciencia… ¿Aceptarías como resarcimiento por mi osadía una invitación para cenar mañana en mi cueva? Soy un caballero, puedes confiar en mí.
    Ella lo miró desconcertada; era tan alto y fuerte, y tenía una cola tan poderosa. Sesenta dientes al menos, y unos bracitos cortos y encantadores, que le daban un aire tierno a pesar de su imponente y aterradora presencia.
    —No sé, no sé ni cómo te llamas….
    —Arlak, Arli para los amigos. Y tú eres…
    —Trunia, Trun, para los amigos.
    —Disculpa que no te bese la mano. Es demasiado pequeña. Con un lametón te mojaría entera —dijo él, volviendo a sonreír con ese provocador gesto de medio lado.
    —Qué más quisieras… —se le escapó a Trunia, que se sentía cada vez más cómoda y relajada en compañía de su nuevo amigo.
    Entonces fueron ambos los que se ruborizaron. Trunia sentía que había ocurrido algo raro en su interior, como si le hubieran dado la vuelta las entrañas. O como cuando su padre encendía el fuego haciendo chocar dos piedras de sílex sobre ramas secas. A veces se tiraba horas así el pobre, empecinado en sacar chispas, pero al final… ese calor resultaba tan agradable.
    Sin darse cuenta, coqueta, se empezó a toquetear el pelo enmarañado y lleno de hojas secas y ramitas, semillas e insectos de mala catadura.
    —Bueno, iré a cenar contigo, pero pórtate bien.
    —Señorita, no tendrá queja de mí. ¿Quedamos mañana un poco antes de la caída del sol?

  4. #4
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    Re: La respuesta española al dinoponno, ¡el rosadino! "Te amaré hasta que te extingas"


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