Ha llegado la hora de enloquecer, las agujas se clavan en mi carne, y cuando me dicen que empiece, no tengo ganas de encontrarme. Os resultará triste la historia, pero tiene algo de verdad, la verdad que ejercen las historias cuando se pretenden contar sin contar lo que hay delante, esto es un **** abierto y esperando.

Tenía un plan, pero no os lo voy a contar, me lo reservo para otra historia; mientras tanto intento recordar las fases de la borrachera con mis viejas neuronas. En este momento mi ángel de la guarda entra en casa, y a mí me entra una extraña vergüenza en la que se mezclan la canción de una borracha, el beso de la prostituta y unas tremendas ganas de acabar de una vez por todas.

La clemencia por el condenado parece fuera de lugar, la cama da vueltas sobre si misma, vivo en una época extraordinaria, la época de las musarañas.
Tengo un plan, pero no os lo voy a contar, el palacio de la culpa me espera con todas sus mujeres llenas de baratijas, cada vez que entro me hace la misma pregunta: ¿Qué te parecen mis tetas?

Estaba contestando a su pregunta cuando entró la policía, buscaban al Artista.
El Artista es un ladrón de guante blanco que para por aquí, le echan la culpa de todos los atracos nocturnos a bares, tiendas y demás establecimientos. Por suerte para él, nunca han podido probar nada, hasta yo mismo dudo que haya perpetrado todo lo que se le acusa, por mucho que vaya presumiendo por ahí.

No sigo dando rodeos, al final entro convencido en el local de alterne mientras admito que siempre caigo en sus trampas.
Ya se lo había dicho yo, pero nunca me hizo caso, no cuentes tus secretos a las prostitutas: me cuentan que el Artista le contó su plan a la amiga Carolina, y ella, convencida de su buena fe (esta chica piensa que los de las fuerzas de seguridad son como las demás), fue a decírselo a un cliente que es policía.

Al artista lo cogieron bebiéndose un bourbon en un local vacío mientras hacía recuento de la caja, todos los del barrio que no tienen comercios se lamentan ahora de su mala suerte, era una especie de Robin Hood castizo, qué pena que no hubiera ahorrado y se lo gastara todo en barras americanas. Como decía la canción de Ruben Blades “la vida te da sorpresas”, y yo de putero.