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Tema: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

  1. #1
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    37 Relatos para leer cuando estés muerto

    37 relatos para leer cuando estés muerto. Un libro de relatos cortos. ¿Qué encontraréis? Mujeres, astronautas, dragones, hombres desorientados, cazadores de otros tiempos y mil cosas más.
    ¿Géneros y temas? El amor, la fantasía, la vida, el humor, el terror y la ciencia-ficción. Y estos días de crisis también están presentes. 37 relatos muy distintos. Y además de los 37, las historias cortas de Vamurta, un mundo de fantasía sobre el que debo una explicación.

    El libro está disponible en Amazon. El precio es de 0,86 euros, un micropago, así es el futuro. Enlaces:

    Algunas historias las conocéis pero otras muchas no. De los relatos que estoy más satisfecho menciono La última cena, El bucle de Sofía, El dragón y las princesas tristes, Vida matrimonial, Sard, Guerra Civil, El Canto de Ulam y La bicicleta. El conjunto de relatos lo publica la editorial Las Cajas de Dios, cuyo único accionista es Igor Kutuzov, que es mi seudónimo.

    A modo de avance, en los próximos días subiré algún relato.
    Aquí adjunto la portada.

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    Cualquier duda, podéis dejar un comentario aquí o enviarme un email.
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  2. Los siguientes usuarios le agradecieron a Igor por Post util:

    arma_x (03/07/2012)

  3. #2
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Dejo aquí el primer relato-avance. Se titula "Siesta" y, por decir algo, es un mal despertar. (estaré unos días fuera, por si alguien responde...)


    3
    Siesta

    Dejé el periódico sobre la mesilla, me moría de sueño. El sol de primera hora de la tarde me cegaba, así que me moví hasta la única sombra del jardín. Apuré el café y aplasté el cigarrillo en el cenicero. Una buena siesta sería mi salvación.
    Me metí en casa para tumbarme en la cama de matrimonio y cerré la puerta. Se oía algún pájaro. La luz era una bendición que, lejos de calentar en exceso, me amodorraba sobre las almohadas. Cerré los ojos.

    Me he despertado muy mal. Estoy temblando. Siento como si me hubieran cubierto con un manto de hielo. Es de noche, noche profunda. ¡Mierda! Pero, ¿cuántas horas he dormido? Es esta asquerosa vida, siempre con prisas. Y luego llega el sábado y estás reventado. He dormido una eternidad. Le doy al interruptor. Encima, no funciona. Esto me pasa por vivir apartado en una casita de una urbanización. En la ciudad, casi nunca se va la corriente. Tengo frío. Abro la puerta, el comedor parece un gran congelador. ¡Estoy harto! Me bajo a la ciudad. Dejo las maletas, lo dejo todo, y ya pasaré el próximo fin de semana a recogerlo. Quiero estar en mi cama, en mi piso, caliente, comerme una pizza y ver la tele, ¡cualquier cosa! Este despertar… No, no debería haber dormido tanto, me ha dejado mal cuerpo, como una sensación asquerosa. Salgo al jardín, cierro la puerta. Bajo, casi a tientas, hasta la calle. ¡Aggg! Mi cabreo ahora es monumental. El coche no está. Me lo han robado, ¡hijos de puta! ¿Y ahora qué? La impotencia me domina y me enreda, doy una patada a un pedrusco. ¿Y ahora qué? ¿Cómo vuelvo a mi piso? ¿Cómo bajo? Todo mi plan al traste.
    Alzo la cabeza, esta noche la oscuridad es total. Una monstruosidad de nubes domina el cielo y apenas se ve nada. En la urbanización también se ha ido la luz, no veo ni una maldita ventana iluminada. ¡Baaahhh! El manto cerrado de la noche parece resquebrajarse, sobresale, entre los nubarrones, una pata de la luna y tras ella, medio cuerpo. ¡Dios! ¡Los árboles! ¡La montaña de enfrente! Ha desaparecido, es como si alguien la hubiera partido. Veo, pero no quiero ver. Las casas de mis vecinos..., están derrumbadas. En un momento de lucidez, me vuelvo y miro el chalet. Solo queda la planta baja, toda la segunda planta ha quedado despedazada, algo la ha arrancado de cuajo, algo la ha triturado. Madre…
    Pruebo de respirar hondo, de tranquilizarme. Caigo en la cuenta de que no hay ningún coche en la calle, que el asfalto ha quedado pulverizado, fragmentado en pequeños cráteres. Sufro un intenso vértigo, todo se desploma. Me siento en el suelo, en medio de una enorme urbanización vacía. Me cubro la cara con las palmas de las manos. ¿Qué ha pasado? ¿Cuánto tiempo he dormido?
    Intento recapacitar. Mis padres murieron, estudié medicina, tuve un amigo llamado José a quien le gustaba montar enormes mecanos y con el que a veces iba a cenar. Dos niños y una niña, bueno, antes me casé y luego me divorcié. Trabajo, trabajo todo el día. Nada. Nada concuerda. Levanto la cabeza porque se oye un enorme zumbido en el aire, entre los cascotes negros del cielo aparece una enorme luz azul que desparrama energía, oscila, se detiene un instante y sale disparada a una velocidad sónica, hasta apagarse en el infinito. Miró a derecha e izquierda. Ahora me doy cuenta. Todo cuanto me rodea está helado y tengo un hambre atroz.

    Pienso en mis hijos, en la que fue mi esposa. ¿Qué habrá sido de ellos? Allí, al fondo del valle, por donde se veían las luces anaranjadas de la autopista, todo es oscuridad. Esto, esto que ha pasado... Bajo al pueblo, a ver. Puede que allí esté todo bien, que estén todos. Un instinto nuevo me impulsa a correr, a correr cuesta abajo sobre el asfalto duro, roto y frío. Las piernas son dos inmensos muelles de acero, como si no formaran parte de mí. Descubro que soy muy veloz. Debe ser el hambre. Al llegar a la recta me percato de que el pueblo es una masa fantasmagórica, lo único que sigue igual son los plataneros de tronco ancho que flanquean la entrada. Sigo corriendo, el cansancio es algo que no existe. ¡Joder! ¡Tengo el corazón de un caballo!
    Las primeras casas han sufrido los efectos de un cataclismo o lo que sea. No se ve a nadie, no se oye nada, no hay luz. Avanzo por la calle mayor. El estanco es un montón de escombros, al igual que la casa de los Gutiérrez, al igual que el videoclub, del que solo queda el rótulo naranja, desprendido de la fachada. Nada, no queda nada. Debería llorar, pero el calor abrasador que siento en las entrañas, el dolor en brazos y manos, me lo impide. Debo encontrar algo para comer. Troto hasta la plaza mayor. El campanario se ha partido y ha caído sobre el ayuntamiento. De las paredes encaladas de la iglesia queda un muro, detrás del altar. Poco importa, aquí al lado está la carnicería. Me dirijo hacia allí. La tienda ha sufrido menos desperfectos, siguen sus cuatro paredes en pie y parte de la techumbre. ¡Carne! Justo cuando me planto frente al escaparate, creo ver una figura reflejada en los vidrios rotos. Es una visión fugaz. Ahora esto, cuando tengo la comida cerca. Me he sentido amenazado, esos ojos brillantes en el cristal… Con prudencia, entro. Está todo patas arriba, un caos de latas y cajas de galletas, de botellas petrificadas, estanterías polvorientas y barras de pan heladas tiradas por el suelo. Mi olfato se inquieta, percibo algo que me provoca tembleques. Muevo sin darme cuenta la cabeza de lado a lado. Este olor. Es maravilloso.
    Me lanzo al suelo y repto hasta esconderme detrás del mostrador vacío. Sobre la plaza del pueblo flota algo, una luz violeta muy intensa ilumina cada una de las fachadas derruidas. ¿Por qué me escondo? Eso que flota podría ser ayuda. Se oye un zumbido extraño, como un bombeo de aire o de algún tipo de líquido. Es esa máquina voladora. ¡No! No me van a cazar, mejor sigo invisible, aquí, cerca de este hedor que surge de alguna parte. El resplandor desaparece en un instante. Quiero ponerme de pie, pero me siento cómodo a cuatro patas, también. Reviento con los dientes una lata de judías, fabada no sé qué. No puedo, siento una náusea repentina. Frenético, destrozo bolsas de macarrones, lanzo contra la pared packs de yogures podridos, hasta que debajo de un montón de bolsas y cartones encuentro un gran pedazo de cordero. Abro mis fauces y desgarro la carne medio congelada. Era eso, ese olor. Me siento mucho mejor, hasta olvido qué era lo que me preocupaba, por qué sufría.
    Se abre la puerta de la tienda. Aparece una figura extraña, una mujer de ojos fluorescentes, de piel lívida. Entra desnuda, dando un manotazo a la puerta, medio erguida sobre sus patas cubiertas de un vello tieso y blanco. Me levanto, agarro un gran cuchillo de carnicero, pesado y de hoja ancha. Quiero preguntarle algo, de dónde sale, pero de mi garganta surge un alarido atroz que me asusta. Me mira, y mira los restos del cordero. Se arrima, me husmea. Pienso en tajarla con el gran cuchillo, pero la sorpresa quizá, me lo impide.
    Se acerca a mi cuello y me da un lametazo. Su lengua es áspera y caliente. Tras esto, agarra los restos de carne y se tumba a mis pies a comer. Mandan las entrañas, hay algo nuevo. Me estiro a su lado, rasco esa espalda curvada, transparente. Noto la dureza de su cuerpo tibio bajo mi peso y le doy un lametón, como muestra de buena voluntad. Ella me mira y ronronea, satisfecha. Marco los colmillos sobre su cuello, mientras come. Siento un gran placer al mordisquearla. En el exterior, ha vuelto el silencio. Pienso que todo el pueblo y el valle es nuestro, ¡el mundo entero!, para correr y cazar a placer durante una eternidad.
    Yo mismo de mi mal ministro siendo.
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  4. #3
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Y dejo un segundo relato-avance. Éste se titula "Sí me acuerdo", y es una historia urbana de desamor, entre otras cosas.


    12
    Sí me acuerdo


    Con Jerges y Artemisa asidos a mis manos, entro en el parque. En verano no se puede ir antes de las siete por el calor, pero esta tarde de sábado, con Manel en el hospital cuidando a su madre y estos dos piojos inaguantables, he acabado por salir antes de casa.
    El parque rodeado de una valla de madera de un metro de alto. Con una especie de castillo en el centro y un tobogán rojo oxidado. Un poco más allá, un columpio para dos. Al fondo, varios bancos alineados para que descansen los padres. Jerges sale pitando y Artemisa, tras dudar, lo sigue sin saber todavía cuál va a ser el juego. El parque está casi vacío. Hay un tipo sentado en uno de los bancos, escondido tras un periódico, y un niño muy pequeño expectante, en una de las cestas del columpio que hace rato ha dejado de balancearse. La brisa que llega del mar es una sopa de fideos ardiente. Los peques suben a la torre de madera y suspiro aliviada. Por fin han dejado de atosigarme y eso que por la mañana hemos ido a la piscina. Estos no se cansan con nada.
    El tipo sentado en el banco ha bajado el diario y me está mirando como si acabara de ver una soga colgando del techo de su cocina. Se levanta, viene hacia donde estoy. Dios.
    —¿No te acuerdas de mí? —dice. Parece haberse recuperado de la sorpresa y ahora sonríe con una gota de malicia en la comisura de los labios—. ¿Recuerdas cómo me llamo?
    Estoy tan descolocada que me he quedado en blanco. Cuando me quedo en blanco no hay nada que hacer. No recordaré su nombre.
    —Claro que me acuerdo de ti.
    —Pues a ver, Dolores. ¿Cómo me llamo?
    Está jugando. Igual que hacía hace años. Le gusta jugar.
    —Lo siento…Se me ha ido.
    —Entonces, ¿no te acuerdas de mí?
    Lo veo. Lo dice con la expresión satisfecha de un jugador de póquer que ha ganado otra mano. Igual que antes. Su hijo sigue quieto en el columpio, embobado. Sudo, por el calor y por los nervios. La tela del sujetador se adhiere a mis pechos. Lo observo detenidamente. No ha cambiado tanto. Los labios gruesos y cuadrados. La geometría de su nariz romana. Los ojos verdes, grandes y caídos, como si echara de menos algo que nunca encontró, que nunca encontré.
    —Sí me acuerdo —digo—. Cómo me abrazabas y me hacías reír. La última cerveza nos la tomábamos detrás de capitanía. El ritual. Cuando nos conocimos. Me llevabas en esa vespa 75, blanca, que no frenaba nada, por las Ramblas, al salir el sol. No te gustaban mis medias rotas ni el pelo corto de punta, ¿eh?, ni esas botas de bruja que tenía. A lo mejor por eso el día que me presentaste a tus amigos decías que era una colega y en ningún momento me tocaste. Ni tan siquiera me cogiste la mano. Por eso, al volver de marcha, follábamos en el portal de tu casa, porque te daba vergüenza que tu mamá nos pillara. Tendrías que haberme presentado. Un tipo como tú, que iba a comerse el mundo. ¿Y el día aquel que me soltaste porque al otro lado de la calle viste a uno que hacía el máster contigo? —Tomo aire. Aire caliente que me quema el gaznate—. ¿Para qué esas llamadas tres años después? Y todas esas cartas. ¿Qué hacías esperando debajo de casa?
    El periódico que lleva se ha convertido en un tubo de papel retorcido. Saca al niño del columpio. Con su hijo en brazos, antes de marcharse, murmura al pasar «Jaime». Jerges y Artemisa, empapados, se persiguen. Los pequeños dedos asomando en las chanclas, rebozados de arena. Al llegar a casa voy a meterlos en la bañera y los frotaré con esparto, si hace falta. Luego les dejaré ver la tele un rato.
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  5. #4
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Y dejo un tercer avance, un microrelato. En el libro hay historias muy breves y otras bastante más largas. Me centré más en lo que quería decir que en cálculos de páginas.


    1
    Trenes veloces


    En el pueblo volví a oír tu nombre. Tras tanto. Que habías vuelto de la capital. Tú que eras el listo y el guapo del pueblo. Que no se te reconocía, que volviste como una encina calcinada. No sé si recordarás las tardes de verano en la laguna, cuando salíamos del agua y nos tumbábamos sobre la arena ardiente a esperar la noche como si nada existiera. Me contaron de ti y te soñé. Porque no pude imaginarte. No, tras verte partir hacia Madrid como uno de esos trenes que cruzan veloces la llanura. Uno de esos trenes que olvidan la astilla del campanario del pueblo entre la infinitud de los campos amarillos.
    Y por eso, al verte pasar esta mañana, con una sonrisa brillante, pregunté sobre ti. Me han dicho que vives en la cabaña del lago, que cazas pajarillos, que tu huerto es un vergel y que has aprendido a hablar con las abejas. ¿Vuelves a ser aquel que fuiste? Qué vistes, qué no supiste hacer. Lo que te pasó. Te veo, otra vez, bajo la cúpula de estrellas, dejando pasar las noches. Quizá debería acercarme al lago para darme un baño, otra vez.
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  6. #5
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

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    Expermiento. He subido el ebook de 37 Relatos para leer cuando estés muerto a smashwords. El libro se puede descargar a “precio abierto”. Esto es, cada uno paga lo que quiera o se lo descarga gratis. O no pagas o pagas lo que crees conveiniente.
    Lo dejaré así una semana contado desde hoy.
    Se puede descargar en todos los formatos posibles: epub, kindle, pdf, mobi, word, etc y así se facilita la lectura en cada dispositivo.

    Dejo el link: http://www.smashwords.com/books/view/167513
    Y no, tampoco son 37 Relatos, son algunos más. A ver que tal sale el experimento.
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    gracias por el libro!

  9. Los siguientes usuarios le agradecieron a joseanss por Post util:

    Igor (10/11/2012)

  10. #7
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Espero y casi estoy seguro que pasarás un buen rato.
    Saludos.
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  11. #8
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Leer siguiente mensaje...
    Última edición por Igor; 23/02/2014 a las 11:19
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  12. #9
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Entre las historias de 37 Relatos para leer cuando estés muerto (Igor Kutuzov, 2013) hay un cuento protagonizado por un dragón. Un viejo dragón que despierta. Tenéis el libro de cuentos como ebook en Amazon y Smashwords. Encontrareis relatos y cuentos fantásticos, de humor, amor, relato realistas. Un poco de todo. Aquí os dejo la voz del dragón.


    El dragón y las princesas tristes

    «Rugía la noche en los cielos. Una inmensa bolsa de velos y mantos de nieblas que el dragón cortaba sin cesar, elevándose y descendiendo. Si subía a mucha altura, se encabritaba sobre la nada y las alas dejaban de batir el aire frío. Durante unos instantes su enorme peso se desplomaba hacia la tierra, sumiéndose en una vorágine vertical de silbidos y nubes perforadas hasta que decidía reemprender el poderoso aletear. Dormir. Una siesta de cientos, miles de estaciones que se habían sucedido como nacen y mueren las hojas de un árbol. En su anterior amanecer no existían los ruidosos pájaros de metal que había visto a lo lejos, cruzando la negrura en un vuelo recto hacia algún lugar. Una molestia. Antes, los hombres vivían en pequeñas aldeas blancas y amuralladas, casi siempre cerca del mar o de un río. Aldeas salpicadas de grandes estatuas broncíneas que destellaban llegado el atardecer. Los hombres eran hombres y creían en dragones y a ellos se enfrentaban. En su nuevo despertar, abandonando por hastío el tesoro que custodiaba, nadie parecía saberlo ver.

    En la profundidad de sus fosas de fuego algo se inquieta. La aguda nariz del dragón rastrea, excitada por el hambre. Una digestión de más de dos mil años. Aislada, vislumbra una construcción humana, que sobrevuela. Le molesta el sordo ruido que emana de la villa; un sinfín de voces sobreexcitadas, risas groseras y una música, un ritmo con el que no es capaz de acompasarse. Es un gran habitáculo de humanos rodeado por una alta tapia, que lo cierra, con algún nogal que sobrepasa el musgo del muro y grandes carros de hierro reluciente dejados en la entrada. En el centro del patio de gravilla hay un estanque y alrededor del lago dos niñas se persiguen. Ríen en la soledad del exterior mientras dentro, en la casa, la fiesta se agudiza.
    El dragón se aproxima. «Dos princesas», piensa. Cuando entre las nubes vuela por encima del estanque, el agua le devuelve su propio reflejo, una serpiente negra de alas puntiagudas. Sonríe el dragón. ¿Quién, con tanta diversión, se va a fijar en el firmamento?

    La noche es un útero frío de nubes bajas, la noche esconde la luna. Noche de caza. Se alegra, podrá practicar el vuelo rasante que tanto lo estimula. Aparecer por la espalda de la presa, que incauta, no es capaz de percibirlo hasta que es demasiado tarde, cuando se gira en mitad del camino y refulge el terror en sus pupilas. Hambre colosal. Cerca de las lomas de hierba de una ciudad, un puño de luz que hiere sus ojos, siente el viejo aroma de la carne de oveja. Un rebaño del que no deja más que pieles grasientas. Más allá, pastando, halla unas vacas que, en realidad, le parece que no saben adónde se dirigen. Satisfecho al fin, vuela y vuela hasta que la curiosidad lo llama. Recuerda las princesas e, intuyendo que el alba no tardará en ensangrentar el horizonte, regresa a la villa. Su llegada es silenciosa. Con movimientos sutiles se posa sobre las tinieblas, en las que no podrá ser visto. A través de las ventanas de la finca emerge una luz sobrecogedora que ultraja parte del jardín. La fiesta es atronadora como un encuentro de espadas. Las dos niñas están sentadas sobre un banco de piedra, cabizbajas, delante de las aguas quietas. Una mira el cristal negro, la otra no mira nada, medio tapada por sus cabellos azabaches. Salen dos hombres del tumulto de la casa, palmeándose y carcajeándose. Uno se endereza, antes de mear sobre las plantas.
    —¿Todo bien, mis amores?
    El hombre pregunta pero nadie contesta. Es muy tarde y las niñas, cansadas, saben que nadie quiere respuestas. Vuelve el sosiego al patio de luna escondida de invierno. Cerradas por gruesos abrigos, las niñas aguantan.
    Aparece una mujer, salida de los ruidos, copa en mano. Se dirige a los carros, a buscar algo que ha olvidado o recordado. La niña escondida entre los mechones negros levanta la cabeza. La dama, severamente borracha, la mira y con un gesto que quiere ser cómplice y no es más que una prórroga, le indica reprimenda. Una dulce zurra. Vuelve a sumergirse en las llamas de la fiesta. Desaparece. Hay mucha gente en el interior, es un destello constante.

    El dragón da dos pasos. Las princesas lo miran. Solo ven, en la penumbra, dos pupilas amarillentas serradas por dos negras dagas. Las niñas vuelven a agachar la cabeza, heladas, desconsoladas sin bien entenderlo.
    Al fin, el viejo dragón se muestra. Formidable, majestuoso como un velero que surge entre la bruma.
    —¿Aburridas? —pregunta. Las niñas asienten con la cabeza, las pequeñas manos escondidas en los bolsillos.
    El dragón no sabe si zampárselas o no. Si antes sentía curiosidad, ahora sabe que se encuentra ante dos enigmas de párpados a punto de cerrarse de puro agotamiento. Y así sigue hablando:
    —¿Por qué no habéis huido? Soy un dragón. Como de todo, desde bueyes hasta personas, aunque siempre me molesta masticar zapatos.
    —¡No! —Responden las chiquillas a la vez, al tiempo que en sus labios asoma una sonrisa—. ¡Personas no!
    —Habré perdido la práctica del miedo. Sois las primeras personas con las que hablo en cientos y cientos de años.
    —Porque quieres estar solo —dice la más pequeña.
    El dragón arquea una ceja. Nunca antes lo había pensado de ese modo.
    —¿Por qué te has dejado crecer bigotes? —pregunta una de las niñas.
    —¡Oh! —exclama, y añade—: para así estar más guapo.
    Las dos se miran entre sí con una expresión significativa.
    —¿Creéis que soy guapo?
    Las niñas mueven la cabeza afirmativamente.
    —¿Estás invitado a la fiesta? —pregunta la mayor.
    Entonces es el dragón el que ladea la cabeza, negativamente, moviendo su testa escamosa de lado a lado.
    —¿Y por qué estás aquí, tú también te aburres? —insiste la mayor.
    Los enigmas empiezan a parecerle oráculos a la criatura más vieja del mundo. Queda pensativo, algo perplejo. Finalmente les hace una propuesta.
    —He venido hasta aquí para hablar con dos princesas. Para ser princesas se necesita un príncipe, rico o pobre, tierno o testarudo. He visto príncipes despistados, bravucones, incluso algunos no muy listos. Pero príncipes. ¿Sabéis lo que es volar? ¿Habéis pensado alguna vez que el mundo no es más que una débil mancha terrosa cruzada por un riachuelo?

    La noche fue testigo del vuelo del dragón, que remontó el cielo buscando una vieja amiga. Sobre su largo cuerpo, entre las púas que almenan su espalda, asomaban dos pequeñas cabezas. Las princesas tristes que sonreían entre las nubes negras cabalgando un extraño, auténtico y viejo príncipe.»

    FIN
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  13. #10
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    Re: 37 Relatos para leer cuando estés muerto

    Voy añadiendo más relatos a los 37 iniciales, algunos largos y otros cortos. Creo que el libro roza los 50º y subiendo....

    FUERA DE MI JARDÍN

    Tengo el frigorífico lleno a rebosar de cervezas frías y mi esposa ha comprado cordero, entraña y hamburguesas. La barbacoa de atrás está lista, con un montón de leña pequeña bien apilada.
    El hombre abre la puerta de su casa y mira al jardín.
    Incluso ayer vinieron unas mujeres a limpiar el garaje, por si los hombres nos queremos escapar un rato de la fiesta y tirar unos dardos.
    Pasea por el jardín, conforme con la ordenada disposición de todo. Echa un vistazo a su nuevo todoterreno, bien visible al lado de la entrada de la parcela. Se agacha y pasa la palma de la mano por encima del césped recién cortado. Arruga la nariz, aunque está satisfecho con los preparativos para la fiesta. Sale hasta la calle sin ver acercarse a nadie. Mira a lo lejos, la calle es una suave ola de cemento a lado y lado de la cual se alinean cientos de casas simétricas con jardín. Su casa está elevada, justo en el punto más elevado de una colina.
    El hombre da media vuelta. Entra en la vivienda, decide esperar a los invitados detrás de las cristaleras. Transcurren unos minutos en los que no pasa nada. Y en una esquina de la parcela aparecen tres mequetrefes que miran a ver si hay alguien. Llevan un balón de fútbol. Rápidamente trazan entre dos arbustos la línea de gol y empiezan a chutar una bimba de cuero viejo y costuras abiertas. Tiran y se mueven sobre el césped sin apenas hacer ruido, como si fueran cazadores furtivos. El hombre sale apresurado.
    ¡Niños asquerosos! ¡Sodomitas! ¡Fuera de aquí, este es mi jardín! ¡Fuera de mi jardín!
    El hombre observa la huída despavorida. Olvidan el balón, que parece una estatua posmoderna sobre el césped perfecto. Lleno de ira, el propietario chuta la pelota para alejarla de ahí con tal mala fortuna que el esférico impacta contra la luna del todoterreno, dejando un beso de polvo dividido en hexagonales. Corre para comprobar que no ha roto el vidrio. A la vez, la pelota empieza a rodar con velocidad por la pendiente de asfalto. Rápido, les dice un pájaro a los niños que corren calle abajo. Lanzados, los niños empiezan a perseguirla, el hombre espera a los invitados, el cuero se marcha transformándose en un sueño inalcanzable, las unifamiliares se replican en silencio unas a otras hasta llegar a un horizonte brumoso que parece disolver el mediodía.
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  4. Aparte de para leer, para qué más usáis el Kindle?
    Por Tinosky en el foro Kindle - Tutoriales Generales
    Respuestas: 17
    Último Mensaje: 07/04/2012, 13:51
  5. [SOLUCIONADO] Socorro.. mi kindle ha muerto!!!
    Por pabloesfer en el foro Kindle - Tutoriales Generales
    Respuestas: 10
    Último Mensaje: 23/09/2011, 12:03

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