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La Historia de España contada por Pérez-Reverte
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15 julio 2013 - 20:47
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Como algunos sabéis, soy bastante fan de este señor. Lo era antes de enterarme de que vivíamos a pocas casa (tuve la oportunidad de entrevistarlo y todo), pero más aún después de conocerlo. Hoy os traigo una cosa distinta de las que suele hacer él.

Como sabéis, tiene una columna semanal donde dice lo que piensa sin pensar en lo que dice (parafraseando a Sabina), con pocos pelos en la lengua y mucha mala hostia. De vez en cuando en estas páginas ha tocado temas históricos, pero últimamente anda haciendo una historia de España semana a semana, de la cual van ya cinco entregas. Mi idea es irlas poniendo en este post, con Spoiler y actualizar cuando salgan nuevas entregas. Cuenta las cosas con humor, con acidez, con esa desolación a veces que le caracteriza y con su vocabulario característico. Y sin más, aquí tenemos las entregas.

[SPOILER=Una historia de España (I)]Érase una vez una piel de toro con forma de España -llamada Ishapan: tierra de buenos conejos ? , les juro que la palabra significaba eso-, habitada por un centenar de tribus, cada una de las cuales tenía su lengua e iba a su rollo. Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión, y sólo se unían entre sí para reventar al vecino que (a) era más débil, (b) destacaba por tener las mejores cosechas o ganados, o (c) tenía las mujeres más guapas, los hombres más apuestos y las chozas más lujosas. Fueras cántabro, astur, bastetano, mastieno, ilergete o lo que se terciara, que te fueran bien las cosas era suficiente para que se juntaran unas cuantas tribus y te pasaran por la piedra, o por el bronce, o por el hierro, según la época prehistórica que tocara. Envidia y mala leche al cincuenta por ciento (véanse carbono 14 y pruebas genéticas de Adn). El caso es que así, en plan general, toda esa pandilla de hijos de puta, tan prolífica a largo plazo, podía clasificarse en dos grandes grupos étnicos: iberos y celtas. Los primeros eran bajitos, morenos, y tenían más suerte con el sol, las minas, la agricultura, las playas, el turismo fenicio y griego y otros factores económicos interesantes (véanse folletos de viajes de la época). Los celtas, por su parte, eran rubios, ligeramente más bestias y a menudo más pobres, cosa que resolvían haciendo incursiones en las tierras del sur, más que nada para estrechar lazos con las iberas; que aunque menos exuberantes que las rubias de arriba, tenían su puntito meridional y su morbo cañí (véase Dama de Elche). Los iberos, claro, solían tomarlo a mal, y a menudo devolvían la visita. Así que cuando no estaban descuartizándose en su propia casa, iberos y celtas se la liaban parda unos a otros, sin complejos ni complejas. Facilitaba mucho el método una espada genuinamente aborigen llamada falcata: prodigio de herramienta forjada en hierro (véase Diodoro de Sicilia, que la califica de magnífica), que cortaba como hoja de afeitar y que, cual era de esperar en manos adecuadas, deparó a iberos, celtas y resto de la peña apasionantes terapias de grupo y bonitos experimentos colectivos de cirugía en vivo y en directo. Ayudaba mucho que, como entonces la península estaba tan llena de bosques que una ardilla podía recorrerla saltando de árbol en árbol, todas aquellas ruidosas incursiones, destripamientos con falcata y demás actos sociales podían hacerse a la sombra, y eso facilitaba las cosas. Y las ganas. Animaba mucho, vamos. De cualquier modo, hay que reconocer que en el arte de picar carne propia o ajena, tanto iberos como celtas, y luego esos celtíberos resultado de tantas incursiones románticas piel de toro arriba o piel de toro abajo, eran auténticos virtuosos. Feroces y valientes hasta el disparate (véanse el No-do de entonces y los telediarios de Teleturdetania), la vida propia o ajena les importaba literalmente un carajo; morían matando cuando los derrotaban y cantando cuando los crucificaban, se suicidaban en masa cuando palmaba el jefe de la tribu o perdía su equipo de fútbol, y las señoras eran de armas tomar. O sea. Si eras enemigo y caías vivo en sus manos, más te valía no caer. Y si además aquellas angelicales criaturas de ambos sexos acababan de trasegar unas litronas de caelia -cerveza de la época, como la San Miguel o la Cruzcampo, pero en basto-, ya ni te cuento. Imaginen los botellones que liaban mis primos. Y primas. Que en lo religioso, por cierto, a falta todavía de monseñores que pastoreasen sus almas prohibiéndoles la coyunda, el preservativo y el aborto, y a falta también del bañador de Falete y de Sálvame para babear en grupo, rendían culto a los ríos -de ahí procede el refrán celtíbero de perdidos, al río-, las montañas, los bosques, la luna y otros etcéteras. Y éste era, siglo arriba o siglo abajo, el panorama de la tierra de conejos cuando, sobre unos 800 años antes de que el Espíritu Santo en forma de paloma visitara a la Virgen María, unos marinos y mercaderes con cara de pirata, llamados fenicios, llegaron por el Mediterráneo trayendo dos cosas que en España tendrían desigual prestigio y fortuna: el dinero -la que más- y el alfabeto -la que menos-. También fueron los fenicios quienes inventaron la burbuja inmobiliaria adquiriendo propiedades en la costa, adelantándose a los jubilados anglosajones y a los simpáticos mafiosos rusos que bailan los pajaritos en Benidorm. Pero de los fenicios, de los griegos y de otra gente parecida, hablaremos en un próximo capítulo. O no.[/SPOILER]

[SPOILER=Una historia de España (II)]Como íbamos diciendo, griegos y fenicios se asomaron a las costas de Hispania, echaron un vistazo al personal del interior -si nos vemos ahora, imagínennos entonces en Villailergete del Arévaco, con nuestras boinas, garrotas, falcatas y demás- y dijeron: pues va a ser que no, gracias, nos quedamos aquí en la playa, turisteando con las minas y las factorías comerciales, y lo de dentro que lo colonice mi prima, si tiene huevos. Y los huevos, o parte, los tuvieron unos fulanos que, en efecto, eran primos de los fenicios -«Venid, que lo tenéis fácil», dijeron éstos aguantándose la risa- y se llamaban cartagineses porque vivían a dos pasos, en Cartago, hoy Túnez o por allí. Y bueno. Llegaron los cartagineses muy sobrados a fundar ciudades: Ibiza, Cartagena y Barcelona -esta última lo fue por Amílcar Barça, creador también del equipo de fútbol que lleva su apellido y de la famosa frase Cartago is not Roma-. Hubo, de entrada, un poquito de bronca con algunos caudillos celtíberos (socios del Madrid según Estrabón, lo que puede explicarlo todo) llamados Istolacio, Indortes y Orisón, entre otros, que fueron debidamente masacrados y crucificados; entre otras cosas, porque allí cada uno iba a su aire, o se aliaba con los cartagineses el tiempo necesario para reventar a la tribu vecina, y luego si te he visto no me acuerdo (me parece que eso es Polibio quien lo dice). Así que los de Cartago destruyeron unas cuantas ciudades: Belchite -que se llamaba Hélice- y Sagunto, que era próspera que te rilas. La pega estuvo en que Sagunto, antigua colonia griega, también era aliada de los romanos: unos pavos que por aquel entonces (siglo III antes de Cristo, echen cuentas) empezaban a montárselo de gallitos en el Mediterráneo. Y claro. Se lió una pajarraca notable, con guerra y tal. Encima, para agravar la cosa, el nieto de Amílcar, que se llamaba Aníbal y era tuerto, no podía ver a Roma ni por el ojo sano, o sea, ni en fotos, porque de pequeño lo habían obligado a zamparse Quo Vadis en la tele cada Semana Santa, y acabó, la criatura, jurando odio eterno a los romanos. Así que tras desparramar Sagunto, reunió un ejército que daba miedo verlo, con númidas, elefantes y crueles catapultas que arrojaban películas de Pajares y Esteso. Además, bajo el lema Vente con Aníbal, Pepe, alistó a 30.000 mercenarios celtíberos, cruzó los Alpes -ésa fue la primera mano de obra española cualificada que salió al extranjero- y se paseó por Italia dando estiba a diestro y siniestro. El punto chulo de la cosa es que, gracias al tuerto, nuestros honderos baleares, jinetes y acuchilladores varios, precursores de los tercios de Flandes y de la selección española, participaron en todas las sobas que Aníbal dio a los de Roma en su propia casa, que fueron unas cuantas: Tesino, Trebia, Trasimeno y la final de copa en Cannas, la más vistosa de todas, donde palmaron 50.000 enemigos, romano más, romano menos. La faena fue que luego, en vez de seguir todo derecho hasta Roma por la vía Apia y rematar la faena, Aníbal y sus huestes, hispanos incluidos, se quedaron por allí dedicados al vicio, la molicie, las romanas caprichosas, las costumbres licenciosas y otras rimas procelosas. Y mientras ellos se tiraban a la bartola, o a la Bartola, según, un general enemigo llamado Escipión desembarcó astutamente en España a la hora de la siesta, pillándolos por la retaguardia. Luego conquistó Cartagena y acabó poniéndole al tuerto los pavos a la sombra; hasta que éste, retirado al norte de África, fue derrotado en la batalla de Zama, donde se suicidó para no caer en manos enemigas, por vergüenza torera, ahorrándose así salir en el telediario con los carpetanos, los cántabros y los mastienos que antes lo aplaudían como locos cuando ganaba batallas, amontonados ahora ante el juzgado -actitudes ambas típicamente celtíberas- llamándolo cobarde y chorizo. El caso es que Cartago quedó hecho una piltrafa, y Roma se calzó Hispania entera. Sin saber, claro, dónde se metía. Porque si la Galia, con toda su vitola irreductible de Astérix, Obélix y demás, Julio César la conquistó en nueve años, para España los romanos necesitaron doscientos. Calculen la risa. Y el arte. Pero es normal. Aquí nunca hubo patria, sino jefes (lo dice Plutarco en la biografía de Sertorio). Uno en cada puto pueblo: Indíbil, Mandonio, Viriato. Y claro. A semejante peña había que ir dándole matarile uno por uno. Y eso, incluso para gente organizada como los romanos, lleva su tiempo.[/SPOILER]

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15 julio 2013 - 20:47
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[SPOILER=Una historia de España (III)]Estábamos con Roma. En que Escipión, vencedor de Cartago, una vez hecha la faena, dice a sus colegas generales «Ahí os dejo el pastel», y se vuelve a la madre patria. Y mientras, Hispania, que aún no puede considerarse España pero promete, se convierte, en palabras de no recuerdo qué historiador, en sepulcro de romanos: doscientos años para pacificar el paisaje, porque pueblos tipo Astérix tuvimos a punta de pala. El sistema romano era picar carne de forma sistemática: legiones, matanza, crucifixión, esclavos. Lo típico. Lo gestionaban unos tíos llamados pretores, Galba y otros, que eran cínicos y crueles al estilo de los malos de las películas, en plan sheriff de Nottingham, especialistas en engañar a las tribus con pactos que luego no cumplían ni de lejos. El método funcionó lento pero seguro, con altibajos llamados Indíbil, Mandonio y tal. El más altibajo de todos fue Viriato, que dio una caña horrorosa hasta que Roma sobornó a sus capitanes y éstos le dieron matarile. Su tropa, mosqueada, resistió numantina en una ciudad llamada Numancia, que aguantó diez años hasta que el nieto de Escipión acabó tomándola, con gran matanza, suicidio general (eso dicen Floro y Orosio, aunque suena a pegote) y demás. Otro que se puso en plan Viriato fue un romano guapo y listo llamado Sertorio, quien tuvo malos rollos en su tierra, vino aquí, se hizo caudillo en el buen sentido de la palabra, y estuvo dando por saco a sus antiguos compatriotas hasta que éstos, recurriendo al método habitual -la lealtad no era la más acrisolada virtud local- consiguieron que un antiguo lugarteniente le diera las del pulpo. Y así, entre sublevaciones, matanzas y nuevas sublevaciones, se fue romanizando el asunto. De vez en cuando surgían otras numancias, que eran pasadas por la piedra de amolar sublevatas. Una de las últimas fue Calahorra, que ofreció heroica resistencia popular -de ahí viene el antiguo refrán «Calahorra, la que no resiste a Roma es zorra»-. Etcétera. La parte buena de todo esto fue que acabó, a la larga, con las pequeñas guerras civiles celtíberas; porque los romanos tenían el buen hábito de engañar, crucificar y esclavizar imparcialmente a unos y a otros, sin casarse ni con su padre. Aun así, cuando se presentaba ocasión, como en la guerra civil que trajeron Julio César y los partidarios de Pompeyo, los hispanos tomaban partido por uno u otro, porque todo pretexto valía para quemar la cosecha o violar a la legítima del vecino, envidiado por tener una cuadriga con mejores caballos, abono en el anfiteatro de Mérida u otros privilegios. El caso es que paz, lo que se dice paz, no la hubo hasta que Octavio Augusto, el primer emperador, vino en persona y le partió el espinazo a los últimos irreductibles cántabros, vascones y astures que resistían en plan hecho diferencial, enrocados en la pelliza de pieles y el queso de cabra -a Octavio iban a irle con reivindicaciones autonómicas, mis primos-. El caso es que a partir de entonces, los romanos llamaron Hispania a Hispania, dividiéndola en cinco provincias. Explotaban el oro, la plata y la famosa triada mediterránea: trigo, vino y aceite. Hubo obras públicas, prosperidad, y empresas comunes que llenaron el vacío que (véase Plutarco, chico listo) la palabra patria había tenido hasta entonces. A la gente empezó a ponerla eso de ser romano: las palabras hispanus sum, soy hispano, cobraron sentido dentro del cives romanus sum general. Las ciudades se convirtieron en focos económicos y culturales, unidos por carreteras tan bien hechas que algunas se conservan hoy. Jóvenes con ganas de ver mundo empezaron a alistarse como soldados de Roma, y legionarios veteranos obtuvieron tierras y se casaron con hispanas que parían hispanorromanitos con otra mentalidad: gente que sabía declinar rosa-rosae y estudiaba para arquitecto de acueductos y cosas así. También por esas fechas llegaron los primeros cristianos; que, como monseñor Rouco aún no había sido ordenado obispo -aunque estaba a punto-, todavía se dedicaban a lo suyo, que era ir a misa, y no daban la brasa con el aborto y esa clase de cosas. Prueba de que esto pintaba bien era la peña que nació aquí por esa época: Trajano, Adriano, Teodosio, Séneca, Quintiliano, Columela, Lucano, Marcial... Tres emperadores, un filósofo, un retórico, un experto en agricultura internacional, un poeta épico y un poeta satírico. Entre otros. En cuanto a la lengua, pues oigan. Que veintitantos siglos después el latín sea una lengua muerta, es inexacto. Quienes hablamos en castellano, gallego o catalán, aunque no nos demos cuenta, seguimos hablando latín.[/SPOILER][SPOILER=Una historia de España (IV)]Pues aquí estábamos, cuatro o cinco siglos después de Cristo, en plena burbuja inmobiliaria, viviendo como ciudadanos del imperio romano; que era algo parecido a vivir como obispos pero en laico, con minas, agricultura, calzadas y acueductos, prósperos y tal, con el último modelo de cuadriga aparcado en la puerta, hipotecándonos para ir de vacaciones a las termas o comprar una segunda domus en el litoral de la Bética o la Tarraconense. Viviendo de puta madre. Y con el boom del denario, y la exportación de ánforas de vino, y la agricultura, la ganadería, las minas y el comercio y las bailarinas de Gades todo iba como una traca. Y entonces -en asuntos de Historia todo está inventado hace rato- llegó la crisis. La gente dejó el campo para ir a las ciudades, la metrópoli absorbía cada vez más recursos empobreciendo las provincias, los propietarios se tornaron más ambiciosos y rapaces atrincherados en sus latifundios, los pobres fueron más pobres y los ricos más ricos. Y por si éramos pocos, parió la abuela: nos hicimos cristianos para ir al Cielo. Ahí echaron sus primeros dientes el fanatismo y la intransigencia religiosa que ya no nos abandonarían nunca, y el alto clero hispano empezó a mojar en todas las salsas, incluida la gran propiedad rural y la política. A todo esto, los antiguos legionarios que habían conquistado el mundo se amariconaron mucho, y en vez de apiolar bárbaros (originalmente, bárbaro no significa salvaje, sino extranjero) como era su obligación, se metieron también en política, poniendo y quitando emperadores. Treinta y nueve hubo en medio siglo; y muchos, asesinados por sus colegas. Entonces, para guarnecer las fronteras, el limes del Danubio, el muro de Adriano y sitios así, les dijeron a los bárbaros de enfrente: «Oye, Olaf, quédate tú aquí de guardia con el casco y la lanza que yo voy a Roma a por tabaco». Y Olaf se instaló a este lado de la frontera con la familia, y cuando se vio solo y con lanza llamó a sus compadres Sigerico y Odilón y les dijo: «Venid pacá, colegas, que estos idiotas nos lo están poniendo a huevo». Y aquí se vinieron todos, afilando el hacha. Y fue lo que se llamaron invasiones bárbaras. Y para más Inri (que es una palabra romana) dentro de Roma estaban otros inmigrantes, que eran los teutones, partos, pictos, númidas, garamantes y otros fulanos que habían venido como esclavos, por la cara, o voluntarios para hacer los trabajos que a los romanos, ya muy tiquismiquis, les daba pereza hacer; y ahora con la crisis esos desgraciados no tenían otra que meterse a gladiadores -que no tenían seguridad social- y luego rebelarse como Espartaco, o buscarse la vida aun de peor manera. Y a ésos, por si fueran pocos, se les juntaron los romanos de carnet, o sea, las clases media y baja empobrecidas por la crisis económica, enloquecidas por los impuestos de los Montorus Hijoputus de la época, asfixiadas por los latifundistas y acogotadas por los curas que encima prohibían fornicar, último consuelo de los pobres. Así que entre todos empezaron a hacerle la cama al imperio romano desde fuera y desde dentro, con muchas ganas. Imagínense a la clase política de entonces, más o menos como ahora la clase dirigente española, con el imperio-estado hecho una piltrafa, la corrupción, la mangancia y la vagancia, los senadores Anasagastis, la peña indignada cuando todavía no se habían puesto de moda las maneras políticamente correctas y todo se arreglaba degollando. Añadan el sálvese quien pueda habitual, y será fácil imaginar cómo aquello crujió por las costuras, acabándose lo de «Para frenar el furor de la guerra, inclinar la cabeza bajo las mismas leyes» (que escribió un tal Prudencio, de nombre adecuado al caso). Las invasiones empezaron en plan serio a principios del siglo V: suevos y vándalos, que eran pueblos germánicos rubios y tal, y alanos, que eran asiáticos, morenos de pelo, y que se habían dado -calculen, desde Ucrania o por allí- un paseo de veinte pares de narices porque habían oído que Hispania era Jauja y había dos tabernas por habitante. El caso es que, uno tras otro, esos animales liaron la pajarraca saqueando ciudades e iglesias, violando a las respetables matronas que aún fueran respetables, y haciendo otras barbaridades, como el sustantivo indica, propias de bárbaros. Con lo que la Hispania civilizada, o lo que quedaba de ella, se fue a tomar por saco. Para frenar a esas tribus, Roma ya no tenía fuerzas propias. Ni ganas. Así que contrató mano de obra temporal para el asunto. Godos, se llamaban. Con nombres raros como Ataúlfo y Turismundo. Y eran otra tribu bárbara, aunque un poquito menos.[/SPOILER][SPOILER=Una historia de España (V)]Y fue el caso, o sea, que mientras el imperio se iba a tomar por saco entre bárbaros por un lado y decadencia romana por otro, y el mundo civilizado se partía en pedazos, en la Hispania ocupada por los visigodos se discutía sobre el trascendental asunto de la Santísima Trinidad. Y es que de entonces (siglo V más o menos), datan ya nuestros primeros pifostios religiosos, que tanto iban a dar de sí en esta tierra antaño fértil en conejos y siempre fértil en fanáticos y en gili*****s. Porque los visigodos, llamados por los romanos para controlar esto, eran arrianos. O sea, cristianos convertidos por el obispo hereje Arrio, que negaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tuvieran los mismos galones en la bocamanga; mientras que los nativos de origen romano, católicos obedientes a Roma, sostenían lo de un Dios uno, trino y no hay más que hablar porque lo quemo a usted si me discute. Así prosiguió ese tira y afloja de las dos Hispanias, nosotros y ellos, quien no está conmigo está contra mí, tan español como la tortilla de patatas o el paredón al amanecer, con los obispos de unos y otros comiéndole la oreja a los reyes godos, que se llamaban Ataúlfo, Teodoredo y tal. Hasta que en tiempos de Leovigildo, arriano como los anteriores, consiguieron que su hijo Hermenegildo se hiciera católico y liaron nuestra primera guerra civil; porque el niñato, con el fanatismo del converso y la desvergüenza del ambicioso, se sublevó contra su papi. Que en líneas generales estaba resultando ser un rey bastante decente y casi había logrado, con mucho esfuerzo y salivilla, unificar de nuevo esta casa de putas, a excepción de las abruptas tierras vascas; donde, bueno es reconocerlo históricamente, la peña local seguía belicosamente enrocada en sus montañas, bosques, levantamiento de piedras e irreductible analfabetismo prerromano. El caso es que al nene Hermenegildo acabó capturándolo su padre Leovigildo y le dio matarile por la que había liado; pero como el progenitor era listo y conocía el paño, se quedó con la copla. Esto de una élite dominante arriana y una masa popular católica no va a funcionar, pensó. Con estos súbditos que tengo. Así que cuando estaba recibiendo los óleos llamó a su otro hijo Recaredo -la monarquía goda era electiva, pero se las arreglaron para que el hijo sucediera al padre- y le dijo: mira, chaval, éste es un país con un alto porcentaje de hijos de puta por metro cuadrado, y su naturaleza se llama guerra civil. Así que hazte católico, pon a los obispos de tu parte y unifica, que algo queda. Si no, esto se va al carajo. Recaredo, chico listo, abjuró del arrianismo, organizó el tercer concilio de Toledo, dejó que los obispos proclamaran santo y mártir al capullo de su hermano difunto, desaparecieron los libros arrianos -primera quema de libros de nuestra muy inflamable historia- y la iglesia católica inició su largo y provechoso, para ella, maridaje con el Estado español, o lo que esto fuera entonces; luna de miel que, con altibajos propios de los tiempos revueltos que trajeron los siglos, se prolongaría hasta hace poco en la práctica (confesores del rey, pactos, concordatos) y hasta hoy mismo (véase la simpática cara de monseñor Rouco) en las consecuencias. De todas formas, justo es reconocer que cuando los clérigos no andaban metidos en política desarrollaban cosas muy decentes. Llenaron el paisaje de monasterios que fueron focos culturales y de ayuda social, y de sus filas salieron fulanos de alta categoría, como el historiador Paulo Orosio o el obispo Isidoro de Sevilla -San Isidoro para los amigos-, que fue la máxima autoridad intelectual de su tiempo, y en su influyente enciclopedia Etimologías, que todavía hoy ofrece una lectura deliciosa, resumió con admirable erudición todo cuanto su gran talento pudo rescatar de las ruinas del imperio devastado; de la noche que las invasiones bárbaras habían extendido sobre Occidente, y que en Hispania fue especialmente oscura. Con la única luz refugiada en los monasterios, y la influyente iglesia católica moviendo hilos desde concilios, púlpitos y confesionarios, los reyes posteriores a Recaredo, no precisamente intelectuales, se enzarzaron en una sangrienta lucha por el poder que habría necesitado, para contarla, al Shakespeare que, como tantas otras cosas, en España nunca tuvimos. De los treinta y cinco reyes godos, la mitad palmaron asesinados. Y en eso seguían cuando hacia el año 710, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, resonó un grito que iba a cambiarlo todo: No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta.[/SPOILER][SPOILER=Una historia de España (VI)][Permission to view this media is denied]
[/SPOILER][SPOILER=Una historia de España (VII)][Permission to view this media is denied]
[/SPOILER] [SPOILER=Una historia de España (VIII)][Permission to view this media is denied]
[/SPOILER] [SPOILER=Una historia de España (IX)][Permission to view this media is denied]
[/SPOILER] [SPOILER=Una historia de España (X)][Permission to view this media is denied]
[/SPOILER] [SPOILER=Una historia de España (XI)][Permission to view this media is denied]
[/SPOILER] Pues lo dicho, que iré actualizando, que espero que os gusten y que todos los comentarios son bienvenidos.Las nuevas actualizaciones irán en un link a pdf, por no poder editar más post seguidos de este.

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15 julio 2013 - 20:49
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yo me lo voy a ir metiendo en sigil para el kindle,que últimamente parece que no me empapo bien si no leo en él
gracias smoit!

EDITO:

** you do not have permission to see this link ** está lo que has puesto hasta ahora en MOBI

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15 julio 2013 - 21:47
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Qué deciros... Gracias por el curro, compañeros... Sois la leche :ay:

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15 julio 2013 - 21:59
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APR es un fenómeno, cada día me gusta más, ¿será que me estoy volviendo un vejete cascarrabias?:huh:

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16 julio 2013 - 03:47
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Smoit: Gracias por el aporte. :ay:

Suelo leer la columna que hace todao las domingos en la revista Xl Semanal, que viene con el diario Las provicincias. Lo que ocurre es que lo leo en el chalet de mis padres, y ultimamente los tengo abandonadicos :embarrassed:

Asi que me va a venir de perlas la recopilacion que estas haciendo.

@Me! Muchisimas gracias, mucho mejor leerlo en el kindle, y de paso me ahorras el curro de tener que editarlo para hacerlo.

Si es que vales más que las pesetas loveme1

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16 julio 2013 - 06:22
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Pues yo me voy a apuntar también ^^ Gracias Smoit y Me!

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16 julio 2013 - 08:19
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Muchas gracias Smoit, Me! habéis tenido muy buena idea. Disfrutaremos con su lectura.

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16 julio 2013 - 09:00
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Gracias.

Pero el amigo Reverte debería revisar sus fuentes. Que "Hispania" sea una adaptación del fenicio "i-spn-ya" es más o menos correcto, pero que signifique "Tierra de Conejos" es bastante discutible y no hay acuerdo entre los especialistas. Algunos lo traducen por "Tierra del Norte" y otros por "Tierra en la que se forjan los metales".

No por que una cosa se repita mil veces en internet va a ser correcta. A este respecto, os recomiendo (y a Reverte también) el artículo de la Wikipedia, muy completito:

[Permission to view this media is denied]

Ya lo dice el refrán: Aprendiz de mucho, maestro de nada.

Saludos

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16 julio 2013 - 09:17
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¿Noto cierta inquina hacia el académico Reverte? :huh:

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16 julio 2013 - 09:30
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Yo estoy con Catafracto, pese a que A.P.R. me parece un escritor que se documenta de forma excepcional (a veces incluye incluso demasiada documentación en sus novelas), en general, quién toca muchos palos ya se sabe...maestro liendre, de to sabe, de na entiende.

El hecho de que sea académico de la R.A.E. lo cualifica en el uso de la lengua española, nada más.

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16 julio 2013 - 09:46
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swappen;141009 said:
El hecho de que sea académico de la R.A.E. lo cualifica en el uso de la lengua española, nada más.

Ya, ya, hasta ahí llego... Y esa lengua española la maneja como pocos para dar su particular visión de la Historia, que nadie ha dicho que sea totalmente objetiva.

Es una situación como la de su novela Cabo Trafalgar: el que la haya leído me podrá entender.

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16 julio 2013 - 09:56
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PhotoniKO;141007 said:
¿Noto cierta inquina hacia el académico Reverte? :huh:

En absoluto. De hecho, soy un gran fan de su serie Alatriste, en especial de las últimas novelas. Y tengo bastantes libros suyos.

Lo que quiero decir es que son muchos los autores que se lanzan a repetir lugares comunes como si fuesen verdades reveladas por el simple hecho de que la afirmación en cuestión (en este caso, la traducción de un término fenicio) haya ganado cierta "popularidad". Los que somos aficionados a la historia antigua sabemos que nada más complicado que acertar con la traducción de lenguas muertas de por sí complejas. Pero es que, en este caso, hay fuentes de consulta más que suficientes (desde la popular Wikipedia a foros más especializados) para saber que lo de "Tierra de Conejos" es, como mínimo, una cuestión en discusión.

Así que cuando Reverte dice "(...) [I]llamada Ishapan: tierra de buenos conejos ? , les juro que la palabra significaba eso- (...)[/I]", hay que darle un tirón de orejas y decirle: "No, señor: esa es una de las posibles interpretaciones; se trata de un tema de debate entre especialistas. Hay otras traducciones."

Pero es que en estos retazos de "historia de España" de Reverte que tan amablemente nos está pasando Smoit hay errores de bulto que no se circunscriben al mito de la Hispania conejil. Vemos:

... Y los huevos, o parte, los tuvieron unos fulanos que, en efecto, eran primos de los fenicios -«Venid, que lo tenéis fácil», dijeron éstos aguantándose la risa- y se llamaban cartagineses porque vivían a dos pasos, en Cartago, hoy Túnez o por allí. Y bueno. Llegaron los cartagineses muy sobrados a fundar ciudades: Ibiza, Cartagena y Barcelona -esta última lo fue por Amílcar Barça...

Pues va a ser que no. No hay prueba arqueológica alguna de la presencia cartaginesa en las tierras de Barcelona. Estamos, una vez más, ante una tradición falsa que dice que durante la Segunda Guerra Púnica, los cartagineses tomaron la ciudad y que fue refundada por Amílcar Barca, padre de Aníbal. Según esas mismas tradiciones el nombre de Barcelona deriva del linaje cartaginés Barca.

Lo realmente cierto es que los primeros rastros encontrados de población en el área de la ciudad se remontan a finales del Neolítico (2000 a 1500 a. C.) y que los primeros pobladores destacados no aparecen hasta los siglos VII – VI a.C., los layetanos, un pueblo íbero. Fueron estos, los íberos, los que dieron nombre al emplazamiento: BARKENO, y esto está atestiguado. Más tarde, durante la citada Guerra Púbica, llegaron los romanos y controlaron la zona, rebautizando en el siglo I a.C. la vieja BARKENO como COLONIA IVLIA AVGVSTA FAVENTIA PATERNA BARCINO.

... Además, bajo el lema Vente con Aníbal, Pepe, alistó a 30.000 mercenarios celtíberos, cruzó los Alpes -ésa fue la primera mano de obra española cualificada que salió al extranjero-

En realidad, los íberos que se fueron con Anibal (en calidad de mercenarios y/o aliados) no pasaban de 11.000 y no eran demasiado fiables. Cambiaban de bando a la mínima.

Y así podríamos seguir...

Alguien como Reverte debe documentarse mejor en este asunto para hacer honor a su prestigio como escritor y a su calidad de académico. Tirar de la historia de España de Mortadelo y Filemón para hacer unos artículos graciosillos va en demérito suyo.

Saludos

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16 julio 2013 - 11:00
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swappen;141009 said:
El hecho de que sea académico de la R.A.E. lo cualifica en el uso de la lengua española, nada más.

de hecho, y para mí, el hecho de ser académico no debería hacer que tienda a ser como Cela (¿complejo?). No hace falta estar diciendo palabras malsonantes en cada párrafo de sus columnas para ir de guay y de moderno.
Es lo que menos me gusta de Reverte, esa tendencia a las palabrotas. Me gusta como escritor y columnista, pero sobra eso, porque lo que le hace es mediocrillo y no modernillo.

Por su puesto es mi opinión personal; ya sé que me vais a matar, pero es lo que pienso jeje

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16 julio 2013 - 12:52
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Yo creo que don Arturo no pretende (ni ha pretendido nunca) escribir de Historia de modo tan exhaustivo. Los propios libros de Alatriste son entretenidos y reflejan bastante bien la España de esa época, pero si analizamos detenidamente cada suceso, pues hace aguas. No sé tanto de Historia como alguno de por aquí, aunque el tema me agrade, pero los primeros libros de Alatriste me cabrearon soberanamente debido a la caricatura de Quevedo.

Creo que Reverte se vale de la Historia como trasunto para escribir y que lo importante no es la exactitud académica, sino el estilo y las ideas que trata de transmitir. A mi me gustan estos artículos y me gusta su obra en general, salvo La piel del tambor.

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16 julio 2013 - 14:21
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Hombre, lo de que Amilcar Barça fundó Barcelona yo cuando leí el artículo me pareció un chiste, un juego de palabras más que un dato histórico. Además, por aquel entonces estaba leyendo la trilogía de Escipión y nada se dice sobre el asunto. En mi opinión, estos artículos que está haciendo últimamente están más pensados para que la gente se eche unas risas con algunos tópicos españoles y frases hechas más que con afán divulgativo, sin más.

Saludetes.

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16 julio 2013 - 15:27
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Smoit;141052 said:
Yo creo que don Arturo no pretende (ni ha pretendido nunca) escribir de Historia de modo tan exhaustivo. Los propios libros de Alatriste son entretenidos y reflejan bastante bien la España de esa época, pero si analizamos detenidamente cada suceso, pues hace aguas. No sé tanto de Historia como alguno de por aquí, aunque el tema me agrade, pero los primeros libros de Alatriste me cabrearon soberanamente debido a la caricatura de Quevedo.

Creo que Reverte se vale de la Historia como trasunto para escribir y que lo importante no es la exactitud académica, sino el estilo y las ideas que trata de transmitir. A mi me gustan estos artículos y me gusta su obra en general, salvo La piel del tambor.

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Yo creo que hay que separar claramente los dos ámbitos. Por un lado está la novela histórica, donde puedes dejar volar la imaginación y, partiendo de unos datos más o menos contrastados, construir una trama en la que algunos personajes conocidos se comporten o sean retratados de forma sorprendente. No voy a hablar de Bainobaudes, uno de los personajes de mi última novela, pero sería un ejemplo, como lo son Quevedo y otros personajes de la saga Alatriste, serie de novelas en las que considero que hay dos títulos fundamentales por su rigor: EL SOL DE BREDA y CORSARIOS DE LEVANTE. La primera me parece una aproximación imprescindible para todos los interesados en la historia de las guerras de los Austrias españoles en los Países Bajos; la segunda explora un territorio desconocido en la literatura española como es el del dominio hispano-italiano del Mediterráneo occidental y la larga y fructífera presencia hispana en Italia (que podríamos considerar continuada en EL PUENTE DE LOS ASESINOS, ambientada en Venecia).

Pero cuando se trata de hacer una columna crónico-periodística-histórica, aunque sea desde un punto de vista más o menos humorístico, hay que partir del hecho de que no todo el mundo tiene los conocimientos necesarios para separar la paja del heno y que si Reverte dice que Barcelona fue fundada por los cartagineses o que Hispania significa -de forma taxativa- "Tierra de Conejos", hay mucha gente que lo va a aceptar sin discusión. Y eso, creo, conduce al error y a la desinformación.

¿Quieres hacer humor con la historia "comprobada"? Pues tienes donde elegir, en España y fuera de ella. Pero hay que informarse antes.

Saludos

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16 julio 2013 - 17:14
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Catafracto;141063 said:
Yo creo que hay que separar claramente los dos ámbitos. Por un lado está la novela histórica, donde puedes dejar volar la imaginación y, partiendo de unos datos más o menos contrastados, construir una trama en la que algunos personajes conocidos se comporten o sean retratados de forma sorprendente. No voy a hablar de Bainobaudes, uno de los personajes de mi última novela, pero sería un ejemplo, como lo son Quevedo y otros personajes de la saga Alatriste, serie de novelas en las que considero que hay dos títulos fundamentales por su rigor: EL SOL DE BREDA y CORSARIOS DE LEVANTE. La primera me parece una aproximación imprescindible para todos los interesados en la historia de las guerras de los Austrias españoles en los Países Bajos; la segunda explora un territorio desconocido en la literatura española como es el del dominio hispano-italiano del Mediterráneo occidental y la larga y fructífera presencia hispana en Italia (que podríamos considerar continuada en EL PUENTE DE LOS ASESINOS, ambientada en Venecia).

Pero cuando se trata de hacer una columna crónico-periodística-histórica, aunque sea desde un punto de vista más o menos humorístico, hay que partir del hecho de que no todo el mundo tiene los conocimientos necesarios para separar la paja del heno y que si Reverte dice que Barcelona fue fundada por los cartagineses o que Hispania significa -de forma taxativa- "Tierra de Conejos", hay mucha gente que lo va a aceptar sin discusión. Y eso, creo, conduce al error y a la desinformación.

¿Quieres hacer humor con la historia "comprobada"? Pues tienes donde elegir, en España y fuera de ella. Pero hay que informarse antes.

Saludos

Es que no creo que don Arturo esté escribiendo sesudos artículos históricos. Él tiene una columna de opinión y manifiesta sus opiniones, los adornos históricos son eso, adornos. Intuyo que la línea detrás de estos artículos es demostrar cómo somos derivados de nuestra historia y desde luego sabe de qué va el paño más allá de si agarra un dato no demostrado.

Por otro lado, revistas especializadas en tema histórico (mientras viví en mi país estaba suscrito a Historia de National Geographic) se metían patinazos peores y ni te cuento los estudios feministas u homosexuales revisionistas que se están marcando ahora que son pa mear y no echar gota. Que uno lo haga mal, no quita que se pueda justificar por el defecto de otros, en efecto. Pero si quieres saben patinan y quienes no quieren marcar erudición en este campo, yerran (y no demasiado, tampoco, no exageremos) disculpo antes al que no es su tema.

A mí me encantó la Historia de Aquí, de Forges y me pareció un método genial de aprender historia. Ahora, incorrecciones tiene a puñados.

Jo, que si nos ponemos puristas, yo sería un insoportable pedantón y prefiero ser otras cosas.

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16 julio 2013 - 17:42
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¿Y no es más fácil pensar que Perez Reverte, como humano que es, puede tener algún error eventual? Puede pasarle al mejor de los escritores.

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swappen;141081 said:
¿Y no es más fácil pensar que Perez Reverte, como humano que es, puede tener algún error eventual? Puede pasarle al mejor de los escritores.

Pues claro. Todos metemos la pata hasta los corvejones de vez en cuando... Pero no escribimos columnas de opinión. Y si vas y dices "(...) -llamada Ishapan: tierra de buenos conejos ? , les juro que la palabra significaba eso- (...)" estás dando por sentado que ESA es la verdad. Y tus lectores, que no tienen por qué estar metidos en cuestiones de historia, te van a creer. Pero claro, Reverte tiene -como todos los articulistas y columnistas- que entregar un material en un plazo dado (que suele ser bastante corto). Hay que rellenar la columna con lo que sea, se meten materiales tomados de por aquí y por allá, se les da una vuelta y listo: a la redacción y a cobrar.

Y si luego te dicen algo... ¡¡Ah!! ¡Se siente!

Sigo diciendo que Reverte es un escritor excepcional. Sabe documentarse y domina ciertas materias. Pero en esta ocasión, simplemente, se ha quedado corto y se nota que no domina los temas de los que está hablando en los capítulos de la historia antigua. ¿Qué le ha quedado gracioso? Cierto. ¿Qué los datos (y hay algunos más) son erróneos? Cierto también.

Saludos

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