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Mi colección de cuentos
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4 septiembre 2016 - 05:53
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Estimados compañeros de foro:

Además de mi novela, soy un asiduo a los cuentos. Me gusta tanto leerlos como escribirlos, y con el tiempo he creado una buena cantidad. En este tema, me gustaría mostrarles algunos de ellos, si es que existe interés en leerlos. Partiré, entonces, con uno de mis favoritos:

Perdido

Quiero perderme entre las paredes sucias del metro, esconderme en las cavernas oscuras de sus estaciones desconocidas, borrar mis huellas hasta que no parezcan huellas y sean solo polvo, un recuerdo transitorio que desaparece en la espuma del mar que no baña mi ciudad natal, que no choca con ninguna costa, que es solo una idea lejana. Quiero que las montañas que me rodean no sean tan solo una cárcel, una muralla inescalable, inescapable, pero innegablemente bella; sino que también sean un refugio, un bunker oculto donde mi ego desaparezca, donde mis sentimientos reboten contra las paredes, donde pensar se sienta inútil, donde existir solo sea tiempo, el tic tac de un reloj que apenas se siente, la sombra de un segundero que va demasiado lento, demasiado paciente.

Cuando al fin mi deseo se cumpla, cuando mi cuerpo no sea más que un rastro y mi mente no sea más que un pequeño punto en un radar, cuando logre estar realmente perdido entre lo desconocido, viejo e inútil, quiero que tú, solo tú, me encuentres.

PD: Hay más cuentos como este en mi blog, ** you do not have permission to see this link **

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4 septiembre 2016 - 17:19
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Ecos

Las palabras salen de mi boca como el viento en un pasillo sin eco, silencioso, inexistente, inescuchado. A veces, las palabras rebotan contra las paredes, se escuchan como susurros en una noche fría, pasan abruptamente por oídos desconocidos, que a veces las recuerdan como en un sueño. Como un grillo las palabras saltan, pasan de boca en boca como un suspiro, acompañan a las nubes entre abandonados rascacielos, se esconden en subterráneos donde todos los diálogos son silencios. Cuando el cielo aclara, cuando el sol rompe la oscuridad entre las nubes del recuerdo, de las palabras queda su deformada sombra.

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5 septiembre 2016 - 15:45
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Anteojos y mundos

Ayer perdí mis anteojos. Digo perdí de forma amplia: honestamente se quedaron arriba de algún escritorio o de alguna mesa, y simplemente no pude encontrarlos. Como mi búsqueda fue infructuosa, decidí salir al mundo sin ellos. Después de todo, solo veo mal de lejos y no tenía que manejar ni nada. ¿Qué tan malo podía ser?

Fue en ese momento en que me di cuenta que es imposible saber exactamente lo que nos falta hasta que tenemos una prueba de ello. Mi vida sin anteojos era ver un mundo lleno de manchas borrosas, de reconocimientos a medias que solo podían confirmarse con cercanía, con pasos hacia adelante. Entre las manchas, a veces creía ver caras conocidas, personas que conocía o alguna vez conocí, pero que a vista cercana eran desconocidos.

Estar sin anteojos es como entrar en un mundo desconocido, donde todo lo familiar se distorsiona, cambia, parece otra cosa. Estar sin anteojos es, entonces, ser de nuevo un niño: el mundo se presenta vasto, amplio, inexplicable, a pesar de conocerlo. Tenemos muchas más preguntas que respuestas, y a veces las mismas respuestas solo logran generar aún más preguntas. Cuando no podemos explicarnos que es lo que nos rodea, entonces llenamos nuestra cabeza de historias, de explicaciones no tienen sentido, pero que parecen tenerlo cuando es lo único que tenemos, cuando es lo único que podemos alcanzar con nuestras manos.

Y hoy, entonces, escribo una historia sobre historias, sobre el origen de los cuentos, sobre la génesis de nuestros miedos. La vista, sentido central del ser humano, imperfecta, inexacta, exquisita, nos presenta imágenes que con los años hacemos familiares, conocidas, esperables. Una simple falta de anteojos, sin embargo, revela que en realidad lo que conocemos es tan, tan frágil.

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6 septiembre 2016 - 16:14
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Observador

Desde muy pequeño, desperté siempre con sus ojos espiando cada uno de mis movimientos. En la cuna lo evadía escondido entre mis mantas, pero lo sentía vigilando, con su mirada que parecía llegar hasta lo más profundo, hasta lo más oscuro de mi alma. A media que fui creciendo aprendí a ignorarlo, a pretender que no existía. Cuando al fin pude caminar me dedique a explorar la casona crujiente en la que habitaba, esquivando su presencia lo más posible. Si no lo sentía a mis espaldas el mundo era claro y brillante, una caja de magia y misterios que debía explorar.

En la noche, sin embargo, su espíritu me envolvía y tenía pesadillas. Mil ojos inhumanos se multiplicaban y seguían cada movimiento que hacía, abriendo sus parpados sangrientos entremedio de las paredes. Cada noche el sueño se sentía más real, cada vez aparecían más ojos que cubrían más y más partes de la habitación. Primero fueron las cortinas, luego el techo. Pronto tomaron mi cama… no pude soportarlo más cuando empezaron a salir en mis manos y en mis brazos. Desperté gritando cada noche. Hasta la adolescencia dormí con mis padres, y a pesar de querer salir al mundo crecí enfermizo por mi falta de sueño, forzado a estar en cama. Cuando cumplí los catorce años intenté enfrentarlo, acostado solo en mi habitación, mirándolo a los ojos. Sus pupilas siempre descubiertas tenían un color rojizo, inhumano. Quieto, parecía un rey mirando a un mísero esclavo, esa mirada que se lanza a un inferior que vale poco, pero que es necesario disciplinar. Su sonrisa regal mostraba la actitud de quién sabe que debe ser adorado. Yo no lo haría. Mantuve la mirada hasta que un extraño sonido hizo temblar mi ventana. Sobresaltado, me di cuenta a través de las cortinas de la forma de un ojo. Desesperado, tomé las tijeras que había apartado y me lancé a él, cortándolo para siempre… Pero sus ojos ahora eran míos. Mi cuerpo… mi cuerpo son ojos, mis manos son conjuntos de ojos. Cuando mi boca empezó a convertirse en ojo solo pude gritar en silencio:

“¡ESE CUADRO, ESE MALDITO CUADRO!“

Nota: Cuadro = Pintura

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7 septiembre 2016 - 20:33
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Conocer a mi abuelo

No conocí demasiado a mi abuelo. Recuerdo que sus palabras eran ásperas y sus acciones bruscas y sin posibilidad de discusión. Cuando tenía nueve años me apostó diez mil pesos que no podía escribir el año en el que estábamos en números romanos. Me tomó treinta minutos, pero lo logré. A pesar de los ruegos de mis padres sacó los diez mil de su billetera y me los entregó. Guardé el billete en mi cajón como un gran tesoro, pero cuando recordé revisarlo de nuevo, cuando ya había muerto, ya no estaba. Siempre con la última palabra, abuelo.

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7 septiembre 2016 - 22:40
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Buen gusto a la retina dejan estos cuentos. Me recordaron a Abelardo Castillo.

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9 septiembre 2016 - 23:47
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¡Muchas gracias por darte el tiempo de leerlos! Es un honor ser comparado a un cuentista de tanto peso como Castillo. Iré subiendo algunos más, con el tiempo.

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9 septiembre 2016 - 23:53
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Soledades

La soledad es un abrazo frío, un ojo dentro de uno mismo que susurra secretos que parecen reales, que rasga la luz con un velo de noche sin estrellas, sin lámparas de luz, sin luces, sin autos que rompan el grueso silencio, sin gente que, distraídamente, roce mi hombro en silencio. La soledad es una semilla que crece, invisible, y expande sus ramas en nuestro cuerpo y que solo notamos cuando es demasiado tarde. Sus frutos, vastos, ya tocaron todo lo que somos, todo lo que éramos, y nos cambiaron. Ahora la soledad se siente merecida, justificada, y casi fiel.

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12 septiembre 2016 - 02:07
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No el mismo

No soy el mismo que antes, cada día dejo atrás otro recuerdo, otra piel cual serpiente, otra definición malograda que agoniza en los pasillos, palabras silenciosas que se deshilvanan como un viejo chaleco y desaparecen como polvo en el desierto, dejando atrás partes de mí, partes que quizás un día cobraran vida y vendrán a reemplazarme, cuando quede tan poco que sea una sombra. Hoy soy otro, mañana seré el mismo, y mis memorias se irán disipando ante la lluvia, temblando de frío. No soy el mismo de antes. Cada día genero nuevos recuerdos, reemplazo mi piel cual serpiente, vivo.

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14 septiembre 2016 - 16:47
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50 pisos de aire

El trabajo es duro en este edificio. Tan duro, que la mayoría de los trabajadores vive en el primer piso y trabaja en el 49, y conocen mucho mejor sus oficinas que sus hogares. Hace muchos años que nadie sale del edificio, hace años que el último trabajador rebelde murió tosiendo sangre solo a metros de la salida, a vista de todos.

Mientras trabajamos, salen rumores de todas partes. La mayoría son historias disparatadas y difusas sobre nuestros jefes, sobre cambios inescapables al sistema, sobre aumentos de sueldo que nunca llegan y nunca llegarán. Un día, sin embargo, una conversación en tonos bajos llamo mi atención: había algo especial en el piso 50, la cumbre del edificio. Algo escondido, algo que nadie había visto jamás. El dialogo pronto se convirtió en pura especulación, así que deje de escucharlo. Su dialogo, sin embargo, quedó rondando en mi mente, incluso al volver a mi departamento. En mis sueños, algo profundo y brillante se escondía en el último piso, un misterio inescrutable y atrayente que ahora estaba a mi alcance, lejos y cerca a la vez.

No tuve opción. Debía visitar ese piso, arriesgarlo todo. Si no, mis pensamientos no me dejarían dormir. Considerando que el último piso estaba reservado tan solo para personas de importancia, la única forma de entrar sería robar la llave. A pesar de que el riesgo y el miedo atravesaban mi cuerpo como veneno, algo se había activado dentro mío. Debía actuar.

Hubo oportunidad para mi plan pocos días después, cuando uno de los supervisores fue reprendido personalmente por uno de los administradores. Al llamarlo para una reunión personal, olvidó su cartera en una de las sillas, la que tomé inmediatamente. Los compañeros que me vieron tomarla al principio no tuvieron reacción: estaban demasiado acostumbrados a hacer su trabajo. Cuando notaron que buscaba algo en ella, sin embargo, el miedo relampagueó en sus ojos, pero no hablaron. Prefirieron el silencio a delatar a un compañero. Aprovechando el compañerismo que todavía brillaba después de todo, tomé la salida de emergencia, donde estaban las escaleras.

Se notaba que las escaleras se usaban poco y nada. El polvo parecía gobernarlo todo, sin control. A medida que corría al siguiente piso, se levantó y me hizo toser con fuerza, casi haciéndome caer al vacío, con 49 pisos de aire. Logré sostenerme por la baranda, que crujió como una bestia iracunda, pero que de todas formas consiguió mantenerme en pie. A paso renovado, alcancé al fin la puerta, abriéndola con la llave.
El piso 50 no era como lo esperaba. No había un laboratorio secreto, ni decenas de gerentes discutiendo el futuro. Tampoco había armas, ni oficinas. No, el piso 50 era un vivero, lleno de flores. Flores, algo que no había visto hace tantos años, brillantes, coloridas, vivas. Incluso después de que sonara la alarma, y los guardias de seguridad me acribillaran con balas en la espalda, no se pudo borrar mi sonrisa.

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19 septiembre 2016 - 20:30
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Intento

Las calles estaban a oscuras, y la luna era apenas visible entre las nubes de lluvia y la niebla que cubría la ciudad. Me perseguían, pasos inaudibles zigzagueando entre callejones olvidados. Podía sentirlos, tan cerca, intentando agarrarme, arrastrándose por la oscuridad, arrastrándose en mi cabeza. Escapar era imposible, pero lo intenté de todos modos.

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30 septiembre 2016 - 23:14
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Despedida

La palabra “despedida” tiene un cierto peso, como una roca que se hunde en una corriente, o el sueño del que duerme después de un trabajo agotador. Como un cuchillo, una despedida indica un corte, la separación de personas que no se verán por el momento, un momento que puede ser un parpadeo de ojos, un segundo de silencio, o puede extenderse como goma, convirtiéndose en semanas y años. Una despedida puede ser una palabra, o puede ser un silencio, puede ser el choque de una puerta y una mirada enrojecida, puede llegar a ser, irrefutablemente, infinita.

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10 octubre 2016 - 19:07
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Estrella Sangrante

¿Quién eres ahora, estrella sangrante? ¿En quién te escondes? ¿En quién sesgas tu existencia infinita? ¿En quiénes partes tu mente en mil pedazos de gemas de colores irreales, inexistentes, esparcidos por el gran imaginario? ¿En qué cielo brillas ahora, en qué mundo tristemente lejano y frío llueves luz? Te he perdido, y ahora no te distingo entre los cielos azules. Las estrellas, antes mágicas y místicas, hoy son tan solo orbes lejanos sin tu luz para aumentarlas, son frías como un volcán inactivo, apagadas como una fogata que ya casi se consume, que ya quema su último tronco. ¿Dónde estás?

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