Mientras contemplaba cómo llevaban al cadalso al último candidato, la Luna cual testigo imparcial se sonrojaba. Por mucho que hubiera suplicado no había marcha atrás. Aparcaron el viejo coche al lado de un comercio de golosinas, dejaron el motor encendido. Compraron cacahuetes y unas botellas de cerveza, hoy había chicas. Uno de ellos vomitó junto a un taxi abandonado, otro empezó a gritarle a la nada. Éramos jóvenes, nuestro primer atraco iba a salir mal. A la pobre Luna la habíamos convertido en juez, testigo y culpable. No había perdón para los pecados al mirarnos a los ojos con el frío de los actos bien hechos.